Vivir afuera

Tratamiento digital: Sebastián De Toma

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Por Fernando Sdrigotti (@f_sd), desde Londres

Vivir afuera, el título de un libro de Fogwill. Confieso que aún no lo leí, y entiendo que poco tiene que ver con “vivir afuera”. Pero no importa. Porque para mí — obstinadamente — el título me sugiere la Argentina a la distancia.

Al poco tiempo de lanzarse la reedición de la Editorial El Ateneo estuve de visita en Buenos Aires, ese otro lugar que nunca fue mío, y en el que durante algunos meses a fines de los noventa viví de prestado antes de irme a vivir mucho más de prestado mucho más lejos. Recuerdo comprar mi copia de Vivir afuera en alguna librería de la calle Corrientes, antes de saquear una tienda de DVD de la esquina con Rodriguez Peña. El libro de Fogwill quedó sepultado debajo de cortos y largos argentinos en ediciones truchas, primero en mi valija, y más tarde en la biblioteca. De vez en cuando, cuando me da un ataque TOC, ordeno la biblioteca y me topo con el libro de Fogwill. “Vivir afuera”, que no es sobre vivir afuera. Pero que para mí sí lo es. Me recuerdo a mí mismo que lo tengo que leer. Pero no lo leo. Me decepciona que el libro sea sobre vivir fuera y que no lo sea. Así el libro termina de nuevo perdido en mi biblioteca.

El libro en cuestión (Fotografía: Fernando Sdrigotti)
El libro en cuestión (Fotografía: Fernando Sdrigotti).

Vivo afuera desde 2002, cuando salí dando un portazo, desempleado o mal empleado por años, quemando los pocos ahorros que había conseguido sacar del banco antes del colapso total del peso. Apenas si alcanzó para un pasaje. Me fui a Dublín, donde tenía algunos amigos que habían salido a fines de los 90, y donde podía quedarme de arriba por un par de semanas. Mis únicas referencias de Irlanda eran Joyce (a quien no había leído ni leeré) y U2 y Sinead O’Connor (a quien ya no escuchaba ni volveré a escuchar). Si hubiese tenido amigos en Berlín habría terminado en Berlín. O Reikiavik. Roma. Madrid. En cualquier lado. Porque lo único que yo quería era vivir afuera, y de ser posible no volver a pisar la Argentina. Muchos de mi generación nos fuimos con bronca, con la sensación de que nos habían cagado monumentalmente. Quizás los que los cagamos fuimos nosotros, a los que vinieron después, como siempre, por no quedarnos a pelearla.

Al día siguiente de empezar a vivir afuera — gracias al azar y los contactos de uno de mis amigos — ya estaba lavando platos. Los conté por un tiempo, pero realmente no sé cuántos platos lavé en total. Sé que fueron muchos — lavé platos durante meses. Pasar de un desempleo clase media a un trabajo de lavaplatos desclasado fue un shock. Pero también fue el comienzo de algo: el primer signo de que algo se había destrabado.

Recuerdo el principio del milenio y los meses antes de irme con un nudo en el estómago: la sensación de que estaba todo podrido y que nada iba a ninguna parte; mirar el periódico los domingos buscando trabajo — los pocos que había; las colas durante horas para un puesto de vendedor de celulares en el centro de Rosario — comisión, sin sueldo; la misma política, económica y social del Menemato, que aún estaba pegoteada por todas partes. Después de esa década, lavar platos y que me pagaran en euros el viernes por la tarde, religiosamente, parecía un sueño. ¿Habría lavado platos en la Argentina? Supongo que no. Para lavar platos uno se va a vivir afuera.

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Vivir afuera fue el comienzo de otra cosa: preguntarme en qué consiste ser argentino. Es una pregunta que comenzó más precisamente con el primer control de pasaportes en el aeropuerto de Dublín, siguió la primera vez que llamé a la casa de mi vieja —código de DDI mediante—, y se fogueó en numerosas visitas a consulados italianos de Irlanda primero, de Francia y Gran Bretaña después, en numerosos trabajos precarios, y visas de distinto tipo.

Como a muchos connacionales, me habían vendido que los argentinos somos europeos, o más europeos que, o que no somos latinoamericanos, o que somos menos latinoamericanos que. Pensaba que me recibirían de brazos abiertos. Y de piernas abiertas. Nada más lejos de la realidad. Vivir afuera se paga de muchas maneras.

No tengo muy claro qué es ser argentino todavía pero me parece que la única forma de serlo — para mí — es serlo a la distancia. Quizá solamente sea cobardía o resentimiento.

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Fue interesante ver al país desde afuera desde 2002 hasta ahora. La primera vez que volví, en 2003, todavía estaba todo bastante mal. En 2005, la segunda vez, ya las cosas se habían tranquilizado un poco y los mozos de los bares me preguntaban dónde había aprendido a hablar castellano tan bien, tal vez porque pedía todo por favor, o porque dejaba propinas exuberantes. En 2010 y 2013, durante mis dos últimas visitas, ya estaban todos un poco más crispados, el asado estaba más caro, y el vino también. No sé si estaban crispados por el precio del vino o del asado, pero tampoco estaban tan mal. O al menos no estaban tan mal como a fines del 2001 o principios del 2002 — desde afuera no parecía. Había algunos que me decían que durante la última década K habían vivido como el orto — me lo decían después de volver de vacaciones de Brasil. Otros que me juraban que nunca habían vivido mejor — me lo decían editando las partes de la realidad que no les gustaban (corrupción, inseguridad, inflación, etcétera). Los más sinceros me decían “podríamos estar mejor pero lo que viene es peor”.

En diciembre del año pasado me puse a ver la asunción del nuevo presidente en vivo, por internet. Había muchas caras nuevas, desconocidas. Nombres que aún me suenan. Otros que no me dicen nada. Me puse a verlo por insistencia de mi mujer — “es el trecho democrático más largo de la historia del país,” dijo. Supongo que tenía razón. La verdad es que ahora las imágenes se me mezclan un poco. No sé si a algunas las soñé — quizás las haya soñado. No sé si realmente lo vi a De la Rúa, sentado junto a la mujer de Macri durante la ceremonia de traspaso. ¿O era Menem? ¿Estaban los dos? ¿Ninguno?  Bicentenario

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Hace unas semanas estuve en un evento en la embajada argentina de Londres, leyendo en español en la presentación de la edición bilingüe de un libro del poeta patagónico Cristian Aliaga. Era la primera vez que visitaba la embajada en los catorce años que vivo acá. Y la primera vez que leía en español en cualquier evento, en cualquier lugar del mundo, adentro o afuera.

Después de la presentación me puse a hablar con una señora de unos 70 años, una conciudadana. Me contó que después de 45 años en Londres había decidido volver para Rosario, que ya no tenía razones para vivir afuera. Le pregunté si visitaba seguido la embajada y me dijo que no — “hace desde los cacerolazos que no vengo por acá”. “¿Los del 2001?” pregunté pensando en diciembre, el calor, y todo lo que vino después — Londres y Rosario fundidos en un solo punto en el espacio. “¡No, nene, los del año pasado!”, me dijo, exaltada pero sonriendo. “Ah, ¿y por qué fueron?”, pregunté, realmente confundido. “Ahora no me acuerdo si por Nisman, la inflación, o por el cepo,” dijo. Supongo que cuando uno vive afuera mucho tiempo las imágenes, los lugares, y los cacerolazos se empiezan a mezclar. Me pregunto si el libro de Fogwill tampoco habla de esto.


El autor dice de si mismo…

FFX9TiYGFernando Sdrigotti es un escritor bilingüe que vive en Londres.

Es editor en jefe de la revista Minor Literature[s] y contribuye a las revistas 3:AM Magazine y Numéro Cinq. Él es el autor de Tríptico (Dunken, 2008) y Shetlag, una novela anunciada (Araña editorial, 2014) ambas en español, y prepara la publicación de una colección de cuentos en inglés, Dysfunctional Males (Varones disfuncionales) (La casita grande, otoño 2017).

Su obra crítica y de ficción ha aparecido ampliamente en línea y en forma impresa, en publicaciones como The Guardian, Open Democracy, Gorse, Fric Frac Club, Analog Magazine, Numéro Cinq, 3: AM Magazine, Berfrois, Entropía y muchas otras, y ha sido traducido al francés, turco, noruego y español (¡la ironía!).

Nació en Rosario, Argentina, y ha vivido entre Londres y París desde principios del siglo. Nunca ha ganado algún premio ni tampoco tiene intención de hacerlo.

1 Comentario

  1. Alguna fibre me tocó. En mucha oportunidades quise escribir algo al respecto pero no hubiese podido superar la calidad de este. Además, el autor escribe por experiencia propia. Yo lo hubiese hecho de oído, con el resentimiento que a veces tengo de ser argentinos y no poder comprender cómo habría que vivir este azaroso acontecimiento. Como puede verse soy un renegado de la argentinidad y más aún de la que se denomina “al palo” o sea la recalcitrante mezcla de hinchas de futbol fanáticos mezclados en la corrupción del “barrabavismo”, los que creen que el asado es un invento argentino o insisten que este es el mejor país del mundo. En fin, me gusto mucho leer el articlo de Sdrigotti y lo felicito por la experiencia.

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