Mi vida en Stars Hollow

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(o, ¿por qué nos gusta tanto Gilmore Girls?)

Por Florencia Colacito (@florcolacito)

Stars Hollow es el pueblo donde querría vivir si pudiera elegir cualquier lugar en el mundo, en cualquier época de la historia. No tengo dudas. Gilmore Girls tuvo muchísimo que ver con que quisiera ser guionista. Tampoco tengo dudas de eso. Las mujeres que la protagonizan, sumadas a otras ficticias y tantas de la vida real, construyeron gran parte de mi inspiración para la vida, y de lo que constituye para mí el rol de una mujer en la sociedad, en su familia, en una pareja y en la vida. Sin duda alguna.

Podría deshacerme en detalles técnicos pero la emoción de una nueva temporada no tiene nada que ver con un fanatismo, sino con la sensación legítima de que en unas horas voy a reencontrarme con seres queridos y no con un universo de ficción que me mantuvo ajena temporada a temporada. Para eso existen un montón de historias, pero no aplica en esta: ¿Nunca notaron que el que no es indiferente a Gilmore Girls directamente la quiere? No le gusta, la quiere. Gilmore logra ese efecto que a mí me parece tan mágico como cada detalle que la conforma. Y creo que la lógica de esto, al menos en mi caso, es porque todo lo que pasa en esta serie, aun lo que roza lo bizarro y lo extravagante, es tan real como cada uno de nosotros que la mira.

Gilmore
La periferia del pueblo es perfecta porque no tiene ningún estereotipo y se celebra por no nombrarlo, por naturalizarlo de la forma que desearíamos que pasara en la vida real: la mujer más sensual del pueblo, Miss Patty, es obesa e hizo su carrera con su cuerpo y sin sentir a ningún hombre inalcanzable. La pareja más estable, Babette y Maury, son a simple vista la más despareja del mundo. La hija coreana de familia ultrareligiosa (es adventista) es rockera y rebelde. Su madre, inflexible, encuentra sus pliegues morales cuando su hija viene primero. Aún sumergidas en la tradición, nunca sabemos nada del padre de Lane ni el esposo de la Señora Kim, aunque eso no le saca las ganas de reclamarle a Lorelai por el suyo. El que menos estabilidad laboral tiene, Kirk, es el más adinerado del pueblo. La única mano mecánica experta en autos, Gipsy, también es mujer. En la pareja de Jackson y Sookie, es él quien provee pero ella la que ejecuta. Paris no tiene ninguna otra meta en la vida que ser la mejor de todos, en lo que sea, y lo vive sin culpa. La fortaleza femenina prevalece incluso en Hartford: Emily es esposa. Siempre lo fue, siempre lo será. Pero como esposa, ella sabe perfectamente que es la columna vertebral de la vida de su familia y que lejos está de vivir sumisa en un cuadro tradicional de trofeo aunque su hija lo crea y la repela por eso. Emily es la más feminista de toda la serie: eligió el lugar que quería en la vida, en su matrimonio y en la sociedad y lo defiende con uñas y dientes. No es una víctima del patriarcado que la forzó a ser esposa: es lo que quiere ser todos los días de su vida, aunque algunas visiones cortas de mente y enfrascadas en un movimiento que no representan puedan tildarla de lo contrario.

No es casual que de todos los lugares en el mundo en los cuales podría haber caído una Lorelai de 16 años huyendo de la tradición familiar tras romper el mito de la vida exitosa que debe tener un Gilmore, haya sido justamente ahí: en el lugar en el cual a todos se les permite ser exactamente quienes son.
Justamente, es en el “Independence Inn” donde para poder llevar las riendas desde que la conocemos tuvo que forjarse desde abajo, sin las palancas de los exalumnos de Yale ni de su apellido, como es en la independencia misma.

La serie empieza cuando Rory llega a la edad a la que llegó Lorelai cuando rompió el mapa que se había diseñado para su vida. Cuando el miedo más grande es que repita tanto su patrón como el nombre que lleva. Para eso tiene que volver a recurrir a sus padres y darles un lugar en su vida con tal de que la de su hija no pierda el rumbo que ella marcó en su cabeza. Lo mismo digamos que en otro paradigma, hubieran hecho Emily y Richard de haber tenido la oportunidad. Siete temporadas después, ya sabemos que pasa: hay desamores, negocios, rebeldía y vínculos entre personajes que nunca fallan porque precisamente, están llenos de fallas.

Cada relación se desarrolla en base a líneas muy sutiles, siempre permeables pero lo suficientemente resistentes para hacerlas verídicas: Richard y Emily pueden llorar de orgullo al ver a Lorelai recibir su título, pero no dudan en exigirle más de lo que ellos esperaban apenas se secan las lágrimas. Y si no lo hacen, ella misma lo genera desde la expectativa de las relaciones familiares que sabemos tan de memoria, que convertimos en realidad a nuestro antojo.

emily

La familia se trata como una unidad mutante. No existen las familias tipo, porque hasta el arquetipo de familia perfecta es la que se desmorona y da pie a esta historia quince años después. La familia está observada, llevada con hilos finísimos desde todos los ángulos en los cuales el concepto es posible: Luke es más padre para Rory que Christopher, Lorelai y Rory son más amigas que madre e hija, y los Gilmore son unidad siempre y cuando el que ataque esté fuera de la línea de sangre y ponga en jaque el honor.

No hay personajes, sin importar a los límites que lleguen, que odien. No hay odiosos, ni villanos porque Gilmore es una serie sobre la vida desde uno mismo, desde la percepción autónoma de uno mismo y la aventura pasa por las transformaciones que pueden atravesar personajes a los cuales a simple vista no les pasa nada extraordinario. Pero sí les pasa, porque no hay aventura más grande que conocerse a uno mismo. No hay villanos porque no hacen falta para que la trama sea astuta, sagaz, emocionante y punzante cuando amerita. No hay maldad absoluta, ni agendas diabólicas: hay tantos matices por personaje como los hay por persona y eso los convierte en entrañables.

Cuando vi la serie por primera vez, tenía la edad de Rory. Ahora, estoy más cerca de la de Lorelai. Y mi percepción cambió en muchísimos sentidos: ¿Dean era un resentido y un quedado o era un pobre pibe al que le rompieron el corazón y armó su vida como pensó que iba a funcionar? ¿Jess era un falso James Dean que necesitaba agarrar la pala y dejar de hacerse el vivo o no tenía con quién identificarse en su propia familia y por eso no estaba ni cerca de construir una propia?

De todas las percepciones que cambiaron cuando la volví a ver, esta es la mayor: Gilmore girls no es una serie sobre chicas que buscan el amor. Para nada.

Las mujeres Gilmore no necesitan amor. No necesitan la validación o la mirada de un hombre para sentirse realizadas. Son ellas las que marcan el tono y el ritmo (algo que se ve en el piloto cuando deliran al que quiere levantarse a Lorelai) y no sienten el amor como un faltante, sino como un agregado. Se validan a sí mismas por lo que logran, lo que consiguen en lo laboral y lo académico, por lo que ven una de la otra, pero no por el amor. El recorrido de Lorelai es justamente ese: darse cuenta que puede querer estar casada sin soltarle la mano a todo lo que construyo. ¿Será casual que el primer beso con Luke pase en la inauguración del Dragonfly, su sueño profesional realizado y no un día antes? ¿Será casual que la libélula represente transformación y esa transformación no era posible en la construcción propia de su independencia (o del Independence, para tirar simbolismos para arriba)? Lorelai nunca es ajena a sus sentimientos por Luke ni a los suyos por ella: pero sabe que darse cuenta es hacerse cargo porque si hay una cosa para la cual las Gilmore no son buenas además del deporte, es para ser negadoras. Lorelai nos duele porque sabe cuando algo no funciona antes de que se lo gritemos desde el otro lado de la pantalla.  Sabe que Max espera de ella algo que no está dispuesta a dar, que con Christopher está redimiéndose de sus propias fallas para demostrarse que puede… aunque no quiere. Lorelai jamás espera a que algo pase: quiere casarse, lo propone. Da un ultimátum, lo sostiene. Ama: hace la serenata más hermosa del mundo. Y es recién al final, en la última instancia cuando entiende que no todo depende de ella, cuando se libera y queda conquistable de verdad. Cuando logra vulnerabilizarse y admitirse que no necesita que la amen, pero quiere que la amen. Y no quiere que cualquiera la ame. Las Gilmore no se conforman.

Rory hace un camino diferente pero aún más interesante: su madre quiere que sea lo que quiera ser… siempre y cuando no sea como sus abuelos, cayendo así en la paradoja de su propia familia (“Se lo que te haga feliz…pero eso no”). Rory es brillante y la combinación perfecta entre la tradición Gilmore de antaño y Stars Hollow, y tal vez sea por eso que es a la que menos le perdonamos equivocarse. Porque no podemos, como el resto del pueblo, esperar menos de la hija de Lorelai. En el amor, Dean viene a ser su Christopher: en papeles es perfecto, entiende su rol en la vida de una Gilmore y lo que conlleva y aun así, no es lo que quiere. Jess (no por nada es el sobrino de Luke) es donde la vemos más honesta con sus sentimientos. Pero no funciona porque como su tio, tarda en estar listo. Y después Logan, el que empezamos odiando como a Jason y le fuimos tomando cariño, hace que todo lo que venimos (si, venimos) educando a Rory en siete temporadas tenga sentido: ¿Te casas o te vas a perseguir tu sueño?
Las parejas que les funcionan son las que las dejan ser pero las ayudan a construir. Con el resto de los postulantes había facilidades, había comodidad pero no había… ¿Esa sensación que tiene Lorelai cuando empieza a nevar? Eso. Y si mujeres tan autónomas, tan fuertes, con tanto sentido de sí mismas se hubieran conformado… ¿Cómo las podríamos amar de esta manera? ¿Cómo podríamos estar incondicionalmente en sus equipos y sufrir cuando parece que hacen todo para decepcionarnos y aun así, es imposible?

Vuelvo a lo mismo: las amamos porque son reales. Porque son nosotros cuando tratamos de conformarnos en algo que nos cierra. En el orgullo de cumplir objetivos. Las perdonamos porque en un mundo como Stars Hollow y en el racional que propone, no hay lugar para no perdonar. Hay lugar para ser quienes son, con esas fallas que las hacen perfectas.

Y por eso estoy feliz de verlas un rato más. Sin expectativas, porque me enseñaron a no tenerlas. Y no me van a decepcionar. No tengo dudas.

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