Talleres clandestinos, industria argentina

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Por Carla Pelliza (@peqeniacaja)

Hablar de talleres clandestinos no es un tema nuevo, pero no siempre se lo aborda desde todos los ángulos y tampoco pretendo agotar la temática en estas breves líneas.

Los talleres textiles clandestinos se caracterizan por no permitir a sus trabajadores el acceso a los derechos laborales básicos, por una mala paga y por extensas jornadas de trabajo que pueden llegar a las 16 horas diarias. Es muy difícil poder trazar una descripción uniforme de estos sitios, tanto de las condiciones de trabajo como del valor de las prendas, ya que cada caso es particular y diferente del otro.

Según La Alameda, hay 30.000 talleres textiles clandestinos en la Ciudad de Buenos Aires y en el Conurbano bonaerense. Se trata de un negocio consolidado, extendido pero concentrado, ya que es muy difícil encontrar este tipo de establecimientos en otras provincias, tal como explicó a Notas al Pie Juan Vazquez, militante del Colectivo Simbiosis Cultural.

Vazquez es boliviano y vino muy chico a la Argentina con su familia. Su padre había llegado a nuestro país un año antes que él y su madre. Cuando la familia finalmente estuvo reunida, el hombre de la familia tenía un lugar de trabajo para todos ellos en un taller textil. De este modo, Juan vivió en estos lugares desde los 9 años y manifestó conocer a fondo su funcionamiento interno. Actualmente, junto con otros trabajadores textiles, lleva adelante una cooperativa que funciona dentro de los márgenes de la ley.

taller

La temática de los talleres textiles clandestinos es compleja e implica múltiples factores. El 78% de las prendas que se fabrican en nuestro país proviene de estos lugares, según los números que maneja La Alameda. Se estima, además, que a un promedio de 10 trabajadores por taller, hay unos 300 mil empleados sólo en la Capital Federal y el conurbano.

No se trata de una industria nueva, sino que se inició a finales de los 70, principios de los 80, con un fuerte proceso migratorio. El negocio fue fomentado por las fábricas textiles que decidieron tercerizar el trabajo en esos talleres y dejar de producir las prendas ellas mismas. Los bajos costos y la falta de regulación, fueron el caldo de cultivo ideal para que esta industria aumentara y llegara a ser entre el 2000 y 2004 la que más creció luego de la metalúrgica, según detalló Vazquez.

Los talleres clandestinos tienen un funcionamiento bastante particular que incentiva no sólo el negocio textil, sino también el inmobiliario, desarrolla zonas comerciales y fomenta cierto tipo de transporte.

El lugar predilecto para su funcionamiento son las casas. Sobre todo las de fachada más austera, que pueda “perderse” en el paisaje urbano. “Se invisibiliza en un barrio y tiene que ser lo más común posible”, dijo Vazquez. ¿Por qué las casas? Porque es fácil esconder la actividad ilegal que se realiza. ¿Por qué no galpones? Porque los galpones no están en el centro de la Ciudad, sino en barrios más alejados. Los proveedores de trabajo – las marcas grandes, en muchos casos – siempre preferirán el taller más cercano para abaratar costos.

Vazquez planteó que “este trabajo (el textil) moviliza otro mercado (el inmobiliario). Una propiedad se vende en 200 o 300 mil dólares. Y se vende. El tema son las condiciones”. Un nuevo factor en la cadena, entonces: la reactivación del negocio inmobiliario.

En estas casas trabajan pocas personas, no más de 10. El objetivo es que se note el menor movimiento posible. Juan detalló que hace poco conoció un taller de 40 personas, el más grande que vio. En ellos, aunque los casos más resonantes parecieran demostrar lo contrario, es muy raro ver trabajar a menores. Los más jóvenes no tienen menos de 15 o 16 años. El rango de edades más común va de los 20 a los 35. Después de esa edad, probablemente ya se hayan ido para poner su propio taller. “Cada costurero proyecta ser el próximo tallerista”, dijo Juan. Por eso, fundamentó, hay tantos talleres.

clausurado

Hace poco La Alameda difundió unos tips para identificar si en nuestro barrio funciona un taller clandestino. Alguno de los puntos son: mucho movimiento de bolivianos, si se ingresan tuppers con comida durante el mediodía o si hay retazos de tela en la vereda. De este modo, los vecinos pueden denunciar un presunto taller clandestino. Así, los organismos de control reciben los listados y comprueban la existencia real o no de este tipo de establecimientos. El riesgo es la condena por portación de cara.

Según los números oficiales difundidos por el Ministerio Público Fiscal de la Nación, en la Ciudad se realizaron 518 inspecciones en inmuebles – de 1000 denuncias realizadas – durante 2015, en los que se sospechaba que funcionaban talleres clandestinos. El 96% de los lugares inspeccionados arrojaron alguna ilegalidad y no estaban habilitados para funcionar –en el 31,3% de los casos- o sus ocupantes opusieron resistencia a la inspección –en el 33,4% de las inspecciones- o no existía un taller de costura en el domicilio -en el 31,5% de los casos-.

Sin embargo, “el año pasado hubo muchos casos (de inspecciones a talleres) pero ninguna investigación hacia una marca. Entonces podés hacer un montón de cosas pero si no le pegas al núcleo del sistema, es muy difícil”, detalló Juan.

Vazquez entendió que el rol del Estado no pasa por la clausura de los talleres, ya que de esta manera lo único que se logra es mudarlo. Si no es esa casa, será otra. “El Estado tiene que participar activamente en el control de marcas y talleres como en la promoción de derechos y acceso a esos derechos”. Sin embargo, no ve un futuro prometedor porque “hasta el año pasado un montón de cooperativas textiles hacían ropa para varios Ministerios y hoy la compran en China o Estados Unidos. La mujer de Mauricio Macri (Juliana Awada) está denunciada y yo cosí para Cheeky. No hay forma de que este Gobierno promueva derecho o genere el acceso a ellos”.

¿Cómo se llega a trabajar en un taller clandestino? Vazquez explicó que los migrantes son los que más trabajan en este tipo de lugares. Los procesos migratorios latinoamericanos estuvieron motorizados siempre por la economía y elegir estos lugares para trabajar tiene una motivación vinculada al “estar mejor” que en el país de origen. Paradójicamente, con la apertura de importaciones que vive actualmente nuestro país, incluso la industria textil de talleres clandestinos se ve afectada. Los proveedores, las marcas, prefieren comprar las prendas en el exterior porque es más barato, lo cual promueve que las condiciones de trabajo en Argentina decaigan o los trabajadores de estos talleres decidan volver a su país, donde hoy la rentabilidad es mayor.

Sin embargo, el proceso es más complejo y no solo económico. Cuando la gente migra “se cortan los lazos sociales y se vulnerabiliza. Cuando pasa eso y está acá solo, le dicen las condiciones de trabajo, las acepta y se naturalizan. Por eso el sistema se reproduce. Vulnerabiliza de tal forma que terminan naturalizando condiciones que no se aceptarían en sus países con sus lazos sociales”, describió Juan.

De este modo, Vazquez detalló que “el 90% (de los trabajadores) vive dentro de los talleres porque el taller soluciona tres partes para el migrante: el techo, la comida y el trabajo”.

Pensemos qué pasaría si se eliminaran los talleres textiles clandestinos. “Si no hubiera ningún taller textil, habría 300 mil personas viviendo en la calle”, sentenció Juan. Pero vayamos más lejos. Vazquez planteó que “tal vez si los bolivianos dejan de trabajar, la producción textil podría ser suplantada por la importación, pero la movilidad social y económica que genera la industria de estos talleres quedaría inactiva. Si dejan de coser, La Salada desaparece. ¿Cuánta gente va a La Salada que no es boliviana? Los micros que hacen el tour hacia allí, dejarían de existir. La zona de Avellaneda y Once quebraría”, analizó.

Así, estamos frente a una industria que emplea a 300 mil personas. Que les da trabajo, comida y hogar pero en malas condiciones y sin respetar sus derechos. Con un Estado que realiza controles pero en el sector más vulnerable y no ataca el núcleo del problema. Si esta industria desapareciera, las personas quedarían sin trabajo y muchas actividades económicas secundarias dejarían de funcionar.

¿Cuál es la solución? No es sencilla. Vazquez plantea algo que no es novedoso pero está poco difundido. La regulación de los talleres que hoy están fuera de la ley. Él, junto a otros trabajadores, desarrolla el Centro Autogestivo de Cooperativas Textiles Juana Vilca. Son 35 o 40 personas que el año pasado decidieron conformarse como cooperativa “para dejar de trabajar bajo patrón y mejorar las condiciones”. De todos modos, la tarea no es simple. “Nosotros alquilamos un espacio de 700 m2. Este año vamos a terminar las habilitaciones. Lo más difícil es conseguir la plata para hacerlo. Este Gobierno no puso un peso y todo nos cuesta a nosotros. Por la apertura de importaciones, para una empresa es más fácil comprar en otros países. Era eso o quedarnos en nuestra casa”.

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