La nocturna, secundaria clase B

Fotografía: Télam

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Por Matías Passaro (@basileus1986)

El 27 de noviembre de 1973, a través del decreto 4626/73 se crea la Dirección de Educación de Adultos. Si bien se considera una fecha fundacional, no fue más que otorgarle la autonomía a dicha rama de la educación, dejando esta de depender de la primaria tradicional. Desde allí en adelante, la educación para adultos pasa a tener un funcionamiento propio (entiéndase: dirección, preceptores, plantel docente, todo lo que hace a una buena escuela tradicional). Acompañado de ese decreto, llegaron la necesidad de nuevas carreras docentes, o especializaciones, que tuviera que ver con la educación propia del adulto. Así, al igual que ese maravilloso hallazgo de la Edad Moderna, donde el niño deja de ser un adulto pequeño, el adulto que se instruía en un establecimiento pasó de ser un niño grande a lo que verdaderamente era: una persona mayor de edad que tan solo no había tenido la oportunidad de estudiar.

Así nace en Argentina el Bachillerato de Adultos.

En más de 40 años sufrió cambios. Propongo obviar varios por un simple motivo: todo el sistema educativo bailó al son de una misma canción la llegada de la dictadura militar de 1976, disfrutó la primavera democrática del 83, y sintió el viento del neoliberalismo que entraba por las ventanas rotas de las aulas. En estos aspectos, los CENS fueron reflejos de lo que le pasaba a sus parientes de turnos mañana y tarde.

Sin embargo, los grandes cambios pueden darse en períodos que a priori parecen menos convulsionados. El 21 de agosto del 2013, una disposición de la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires anunciaba la entrada de menores de edad en los establecimientos, a partir de los 15 años. A partir de allí, es donde empieza la historia que nos interesa.

“El cambio fue gigante. No estábamos preparados. En lo que respecta a nosotros, todavía estamos adaptándonos. Otras escuelas ni siquiera lo intentaron. ¿Pero qué íbamos a hacer? Si no intentábamos un cambio, esto iba a ser desastrozo” me comenta la directora de uno de los establecimientos educativos de adultos[1].

El lector tiene derecho a preguntarse si realmente un docente o un equipo directivo no deberían cumplir la misma función sin ningún problema en lo referente a la edad de los alumnos. En ese sentido, uno de los docentes con más de 25 años en el establecimiento nos dice que “Vos estás acostumbrado a tratar con adultos durante más de 20 años. A priori, no tendrías que tener ningún problema para trabajar con chicos. Eso es en el ideal. En la práctica, por algo están divididos y por algo hay docentes que elijen una modalidad u otra para trabajar. Son dos mundos. Este cambio nos complicó y mucho a quienes nos dedicábamos a los adultos. Un adulto no es un adolescente; tiene otros problemas, otros tiempos, otras preocupaciones.”.

Los problemas se ven también en lo que podríamos llamar una “tradición de funcionamiento” que ha sido alterada desde esa decisión de la DGCyE. El regente del establecimiento nos explica algo bastante interesante: “El Bachillerato de Adultos fue siempre una institución que podríamos llamar ‘de puertas abiertas’. Es decir, al tratar con mayores de edad, tratás con personas que pueden optar por quedarse o irse. La puerta no se cerraba. Uno se esforzaba convenciendo que no desertaran, pero la última palabra era de ellos. No se trataba con padres salvo en algunas raras excepciones. De un año a otro, el régimen pasó a ser cerrado, los mayores fueron menores y los problemas fueron otros. Aparecieron los padres a quienes hay que contactar, y los problemas legales que acarrean la presencia de menores, que incluyen hasta asistentes sociales”.

Si uno se guiara por los testimonios, podría suponer que se está ante un escenario dantesco y que los menores serían un elemento destructivo per se. No obstante, el análisis es más fino, y si bien no es un círculo del infierno, las complicaciones existen.

Con la última reforma educativa, cientos de adolescentes en la franja de los 14 a 17 años quedaron varados en un limbo legal. A saber: ya no pertenecían al tercer ciclo de la EGB, pero tampoco al polimodal, extintos ambos. Un chico que había repetido 9no debería pasar a 3ero del secundario, si se tenía en cuenta que la promoción que venía atrás ya funcionaba con el nuevo sistema secundario. Por ende, el resultado daba que un alumno que no había terminado la Educación General Básica de golpe se encontraría en el secundario.

Si bien ese conflicto se resolvió de facto (en la mayoría de los casos, las escuelas le permitieron seguir en el secundario dadas las equivalencias en los contenidos con el beneplácito del inspector de turno), otro problema surgió. Durante años, la disparidad en las aulas respecto a las franjas etarias era alarmante. Los repetidores forman una parte tan estrecha al sistema educativo como los preceptores o la directora normalista de una primaria. No obstante, en muchas situaciones surgía el siguiente problema: un chico que le lleva 4 años a sus compañeros no puede seguir con ellos. Respecto a este punto, los argumentos que se esgrimieron siempre fueron polémicos. En el año 2012, haciendo las prácticas en un 1er año de la Secundaria Básica, la profesora del curso decía que “Son un peligro, pueden vender droga o violar” (los alumnos de 12 comparten patio y baño con los de 18, y el salón no sería justamente un peligro, pero la lógica no solía aparecer en los argumentos). Muy grande para sus compañeros, y legalmente chico para ir con los adultos, estos jóvenes serían parias de un sistema que no los recibiría hasta los 18, cuando el DNI les dijera que ya estaban maduros para ingresar a la escuela nocturna. ¿Qué hacer con esa masa de adolescentes que estaban excluidos del sistema educativo? El Bachillerato de Adultos debería abrirles las puertas cuanto antes.

La solución del problema fue tanto más asombrosa que el origen del mismo. Si a los 16 se es muy grande para estar con compañeros de 12, en términos matemáticos, se es muy chico para tener compañeros de 20, 30, y hasta 50. Uno puede creer que esta cuestión no fue pasada por alto, y que alguna respuesta lógica tuvo. Aunque nunca la supimos.

Ahora bien, ¿dio resultado este cambio?: “Depende de cómo se mire. Efectivamente, no alcanzaban los salones para recibir tantos alumnos. Pasamos de 10 a 35-40 por aula. Se tuvo que ampliar el número de 1eros para que puedan ingresar. A nivel político sirvió. La prueba son notas de diario en el 2014 donde se hablaba del aumento en la matrícula de los CENS, que llegaba a los 12.000 y la cantidad de egresados. Nunca dijeron que eran menores expulsados o repetidores. Simplemente se decía que crecía el número de adultos que querían terminar el secundario, ya sea por lo bien que les iba y tenían tiempo, o por cualquier motivo” me explica la directora[2].

Un espacio nuevo que los aceptara, y un régimen de 3 años en vez de 6 para poder tener un título secundario. Ciertamente, los números cierran. O casi…

“Del total de menores, un 15% según las estadísticas de nuestra institución lo hacen por cuestiones laborales o de otra índole. El resto son repetidores o chicos que viene con problemas graves de otras escuelas. A menudo, hasta los manda el juez. Aparentemente se formó un mito alrededor de estas escuelas. Creen que por ser de 3 años es más fácil, que no se dicta el contenido y que se puede aprobar de nada. ¿Resultado? En marzo tenés 35 alumnos y después de vacaciones de invierno, 15 o 10. La deserción es brutal” asegura el regente. Y es que llegamos a un punto clave para entender el nuevo fenómeno que acontece en los CENS: ya no se trata de establecimientos de adultos, sino de un secundario paralelo y de emergencia. “Esos chicos que no tienen lugar en el secundario tradicional, vienen acá, como un último intento. Nosotros hasta armamos el gabinete psicopedagógico y de apoyo para ayudarlos, algo que no solía existir en el régimen de adultos. Los resultados son buenos, aunque no alcanzan. De alguna forma, se cree que el que no puede en un secundario si puede en otro, como si fuéramos un hogar de alumnos con dificultades”. El “hasta armamos” de la directora no es inocente: la circular de la DGCyE establecía ciertas cuestiones legales sobre cómo tratar este tema, pero no se hizo aún un marco jurídico más sólido, por no decir que el estatuto de los CENS no sufrió ni una modificación. La entrada de menores debía estar acompañada de un reacondicionamiento de los establecimientos. En la mayoría de las escuelas, tan solo se pusieron los auxiliares en la puerta para que los chicos no se escapen. Pocas armaron los gabinetes necesarios para tratar los nuevos problemas.

“Sinceramente, no se puede trabajar igual que años atrás. La idea es cambiar. Pero no nos dieron el tiempo suficiente. Estamos en plena etapa de transición. Y no creo que esto se haga antes de los 10 años” me asegura un docente. Y es que, evidentemente, el régimen de adultos de a poco se extingue para dar paso a una secundaria “clase B”. Aún quedan adultos, ciertamente. Pero muy pocos son los casos de gente que supere los 30. La mayoría son adultos porque tienen 18. Ante esto, la respuesta es curiosa “Convengamos lo siguiente: el régimen de adultos se creó en una época donde gran parte de la población entre 30 y 70 años no habían terminado el régimen secundario. Hoy las cosas son distintas. Más gente que anda por esa edad tiene los estudios terminados a comparación de antes. Aún así, quedan muchos, pero tenemos competencia”.

Por competencia, entiéndase FINES. Desde la aparición de esta modalidad, los CENS vieron perder una cantidad considerable de alumnos mayores de edad: “Sea con FINES o con FINES 2, la mayoría de los alumnos se van de los CENS hacia allá. Como si 6 años resumidos en 3 no bastaran, prefieren aprobar materias en 8 semanas o ir 3 veces por semana. Personalmente no estoy de acuerdo, y lo considero una trampa a largo plazo. Pero no se puede hacer nada” expresa con cierto resquemor el regente. Y es que la aparición del FINES 1 y 2 significó un golpe a los CENS. ¿Cómo no tentarse con ir menos veces por semana, o con rendir una materia tan solo en dos meses?[3]

Con menos cantidad de adultos, compitiendo (porque al fin y al cabo, esa es la palabra, guste o no) con el FINES, ¿qué queda a futuro para el antiguo Bachillerato de Adultos? “Ciertamente, hay una transformación que estamos viviendo y que no tiene retorno. Somos una secundaria paralela” afirma la directora.

Pero un tema más preocupante aún se debate en estas aulas. Si bien la violencia en las escuelas no conoce rama o modalidad, en adultos se ha incrementado notoriamente: “No nos engañemos, siempre hubo violencia en la nocturna. Incluso, cuando mandaron a la policía a terminar la secundaria en los 90 y todos venían a la nocturna, fue un momento muy bravo. Pero difiere mucho a lo de hoy. Los alumnos que llegan acá no vienen como premio. Al contrario. Vienen ‘exiliados’, con perdón del término. Fueron expulsados, la mayoría de las veces por violencia o por droga. Cuando un colegio está compuesto por un alumnado así, no hay que ser un pedagogo para entender que es un barril de pólvora” afirma el docente con más de 25 años de servicio.

En efecto, mi paso por 4 instituciones CENS me obliga a confirmar que el nivel de violencia es aún más alto que en el secundario tradicional, muchas veces acarreados por problemas de droga aún más alarmantes. No obstante, estos se ven mayoritariamente en el 1er año, dado que, como es de imaginar, a 2do año pocos llegan. Y es que la deserción es otro problema grave: “Tenemos 5 primeros años, 3 segundos, y 2 terceros. Nunca nos quedamos sin lugar en 2do y 3ero. Es más, sobra” explica el regente. En efecto, la deserción es tan notoria, que asombrosamente está reflejada en la estructura del sistema mismo. Pero si quisiéramos ir más lejos, podríamos preguntarnos: ¿se ve reflejada en la estructura o es ésta la que la genera? El debate sería extremadamente largo para esta nota.

No hay institución que no sufra alguna mutación en los vaivenes de la historia. La escuela no va a estar exenta y, para ser francos, quizá es la que menos haya cambiado sus estructuras desde el siglo XIX hasta hoy. El antiguo Bachillerato de Adultos ha mutado. La entrada de menores ha sido un factor clave en el cambio de paradigma. Cada vez son más los alumnos que ante las dificultades que encuentran en la Secundaria Básica, optan por “no perder el tiempo” (sic)  y pasarse a esta modalidad que hace poco decidió abrirle las puertas. Y es que ya se puede hablar de una educación paralela. Dos chicos de 15 años en sistemas diferentes, con materias diferentes, pueden en el mismo lapso de tiempo obtener un título igualmente válido a ojos del Estado.

Lejos de caer en los estereotipos de los discursos apocalípticos de la educación, tal vez sea momento de entender que ciertos elementos de la escuela tradicional no están a la altura de las circunstancias. Que un número considerable de adolescentes sin destino en las instituciones educativas tuvieran el peso suficiente para torcer una estructura tradicional tan fuerte, no es un fin ni una crisis, sino tal vez, un llamado de atención: la escuela debe cambiar, o la cambiará el resultado de lo que ella misma produce.


[1] Debemos aclarar dos cuestiones respecto a los testimonios. La primera, es que quienes accedieron a hablar nos pidieron que sea de forma anónima y que no se nombrara la institución (accedimos dado que era la única forma de poder publicar cierta información que nos parecía trascendente). En segundo lugar, solo una de 3 escuelas accedió a la entrevista.

[2] El artículo en cuestión no mentía. Efectivamente, el número de egresados era grande, pero no se diferenciaba de otros años. No obstante, el de ingresantes sí. Si se tiene en cuenta que la circular que modificó el ingreso de menores era de noviembre del 2013, los números del 2014 serían considerablemente más altos.   http://www.eldia.com/informacion-general/cada-vez-son-mas-los-adultos-que-terminan-el-secundario-en-la-region-38005?fb_comment_id=1008567145837803_1008683152492869#f3bbc931e60bf8

[3] El plan FINES merecería una nota aparte, donde se lo pueda analizar en profundidad tanto para ver sus ventajas como sus desventajas. En principio, considero que no ha sido debidamente reglamentado y organizado. Ciertamente, habrá que esperar un tiempo para conocer los resultados de un programa que aún tiene demasiado por mejorar.

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