Sobre la cuestión del aborto

Foto: Eliana Waiser

Por Julián Torrado (@bichodepasto)

Siempre, aunque fuese más o menos legal según la época, existieron matrimonios que se separaban. El repaso de cómo fueron evolucionando las leyes no lo pienso hacer ahora (lo pueden buscar, está bueno) pero incluye un montón de cambios de acuerdo al peso de la Iglesia Católica en un principio, y la voluntad -amplia o escasa- de los sucesivos gobiernos civiles y militares, después.

¿Qué pasó, entonces, para que hoy divorciarse sea legal? Se entendió, supongo yo, que la ley debía adecuarse a los cambios de la ciudadanía. Si es natural que el ser humano evolucione, es lógico -o debería serlo- que las leyes y códigos acompañen esas transformaciones. Con el aborto, entonces, propongo que se opere de la misma forma.

A esta altura, la legitimidad del aborto está más allá de la cuestión moral, ética, religiosa acerca de si se trata de un embrión o de un bebé; si la interrupción del embarazo es muerte o no. Existe la misma cantidad de opiniones -a favor y en contra- como de seres humanos, pero lo que en verdad importa es entender que la discusión se da un paso antes.

Tu trabajo, tu casa, tu auto, todo lo que te rodea -material o intangible-, lo podés llegar a perder. En cambio, a vos mismo, no. De lo único de lo que realmente sos dueño es de tu cuerpo y de lo que ahí ocurra. Y ni vos sobre el mío, ni yo sobre el tuyo, ni el Estado ni Dios, nadie tiene el derecho de decidir por sobre la voluntad de otro individuo. Y no es capricho, es una especie de principio básico para lograr un poco de entendimiento.

Aunque me encantaría que ocurra ya mismo, intuyo que la legalización no va a darse durante este gobierno. No es un palo para Macri: no se sancionó durante el Kirchnerismo y, si hubiese ganado Scioli, casi con seguridad que tampoco hubiese prosperado.

Pero lejos de toda hipótesis política sobre cuándo o cuánto nos hagamos cargo de esta realidad, en la Argentina son miles las mujeres que abortan. Y con ellas, también hay que decirlo, hay médicos y clínicas que se llenan de plata. Porque esa es otra: mientras hay instituciones privadas que lucran con la ilegalidad del tema, también, al año, cerca de cien mujeres (en su mayoría, pobres, lisa y llanamente) pierden la vida en abortos clandestinos o como consecuencia de, por las condiciones en las que se realizan.

Legalizar el aborto nos permitiría tener, como mínimo, -además de las garantías de salubridad de la cirugía en sí-, datos. Con el análisis de esa información, destaco dos beneficios inmediatos.

Primero, poder trabajar de forma más eficaz e inmediata en la prevención, implementando mejores planes educativos y preventivos. El objetivo es claro: que con el paso del tiempo, cada vez sean menos las mujeres que pasen por esa situación.

Segundo, para que quienes decidan hacerlo, cuenten con un marco de salud pública, segura y gratuita que las acompañe de forma integral; que les dé garantías y, sobretodo, que respete su derecho de decidir.

Me resulta impensable que una mujer que toma la decisión de abortar esté feliz de hacerlo, como se quiere imponer muchas veces desde los medios. Se intenta reducir el tema a asegurar -por adelantado- que la legalidad del aborto incita a seguir haciéndolo con frecuencia, como si fuese que se practica algún deporte.

El derecho a interrumpir el embarazo debería seguir el mismo curso que atravesó el divorcio, porque, en definitiva, primó el entendimiento real y humano por sobre los mandatos de la época, que obligaban a dos personas a seguir juntas contra su deseo. En síntesis, se antepuso la verdadera voluntad de los ciudadanos por sobre los órdenes establecidos. Ojalá, al igual que con otras causas, la ley responda a una demanda de una buena parte de la sociedad, que ya no sabe qué más hacer para ser escuchada.

(Fotografía: Eliana Waiser)

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