Jugar a ser pobre (o, ¿qué pasa cuando los que gobiernan son ricos?)

Foto: Flickr Francisco Sepúlveda (CC-BY-NC-ND-2.0)

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Hay una grieta en la incerteza. No es lo mismo aquello que el rico no sabe, que aquello que el pobre ignora respecto del futuro.

Por Pablo Elián Carrasco (@soloelian)

Esteban Bullrich dice, en el video de abajo, lo siguiente:

Crear argentinos y argentinas que sean capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla. De entender que no saber lo que viene es un valor, porque nos hace capaces de construir el futuro.

1. Despejando rápido la cuestión lógica de la frase, claro está que la vinculación entre la construcción de un futuro — un significante vacío desde antes de la existencia del concepto- y la incertidumbre sobre aquello que va a pasar no es una relación directa ni natural. Es incluso más probable que nuestra capacidad de construir -lo que sea- hacia adelante sea solo posible de ser sustentada en las certezas presentes.

Más allá de esto, la incertidumbre a la que hace referencia el Ministro actualiza la idea de que estos tipos viven en otro planeta, o dicho con un poco más de precisión: que viven, gobiernan y hablan en el campo de emergencia que les prescribe su condición de clase.

Esta diferencia en la incerteza es una instancia más en la que se pueden visualizar dos lados de una grieta que separa mundos constituidos a partir de gramáticas distintas. Esto se pone de manifiesto en el rap creado por “M.E.R.D.A. en acción” en el que la falta de certezas son muy otra cosa.

2. En tiempos en los que el Estado Nacional pone en un espacio público a un muchacho que liga la pobreza a la pobreza de espíritu, despegando toda vinculación con las condiciones materiales, es de esperarse que la incertidumbre no solo sea un valor positivo sino que se refiera a una serie de incertezas que solo podemos encontrar en las capas medias y altas.

La relación entre la satisfacción de necesidades básicas y la incertidumbre es no solo lineal sino parte de una dinámica de vida en la que la violencia, la vida, la muerte y la relación con los otros es claramente distinta entre las clases populares y estos muchachos. Esta hipervulnerabilidad, este vivir bajo la incerteza constante que para las clases medias y altas es un signo de época, no es algo que los niños de los barrios del conurbano o las provincias deban aprender ahora de cara al futuro, se la saben lunga.

3. Tal vez los derechos conquistados por las mayorías durante el siglo XX sean la búsqueda constante por ganar certeza. La estabilidad laboral, los derechos civiles y la inserción en los círculos del trabajo en blanco y la “seguridad social” son el resultado de patear la puerta que separa la vulnerabilidad de lo que se percibe como seguro en cada tiempo. Aquel que no obtiene del mercado y el Estado más que palos y negreo solo accede a ciertos momentos tácticos de certeza rompiendo la puerta. Este procedimiento de conquista es lo que aquellos con la capacidad de nombrar las cosas llaman violencia.

En este esquema, la relación con la capacidad de proyección a futuro y la certidumbre en las capas altas es muy otra cosa. Allí el piso de certidumbre garantiza las condiciones de vida, los dispositivos de control y vigilancia miran al otro amenazante y la certeza a futuro es aquella que los inversores reclaman, las famosas “reglas del juego” para el mercado.

Allí situado, Bullrich no puede hablar sino desde su clase. Lo que para los ricos es una incerteza, un juego de riesgo de muerte ficticio en el que se construyen campos de batalla como en el painball, para el pobre es la dinámica diaria, real, material, corporal.

Las capas medias estamos allí, en el medio, aterradas, empastilladas, vigiladas-vigilantes.

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4. La tristeza del niño rico, ese gran tema que atraviesa miles de relatos del siglo pasado, toma la forma hoy de una angustia de la que cada uno debe hacerse cargo de manera individual, moldeando su personalidad.

Aquel que tiene aseguradas las condiciones materiales de existencia es objeto también de esta incertidumbre. Este miedo que todos compartimos y que aparece como novedad en el proceso histórico reciente es atendido como fenómeno por los libros que lee el presidente.

El miedo es nuestro articulador fundamental de la dinámica diaria de relación con el ambiente. De esto pueden dar acabado testimonio las mujeres del mundo. Allí el miedo encaja, como una pieza tornada y lubricada a la perfección, con una matriz securitaria que funciona como la ortopedia necesaria para soportar esta existencia. Y como en el caso de las mujeres, muchas veces no queda más que pedir a gritos dicha ortopedia.

La represión y tortura, la hiperinflación, el desempleo y “la inseguridad” han funcionado en nuestro país como grandes dispositivos de producción de la incerteza. Esta puesta en vulnerabilidad de un cuerpo individual, aislado, miedoso y egoísta ya vive en la incerteza que el Ministro presupone futura, al menos desde 1955.

5. Las distancias generacionales leen como incerteza lo que a todas luces es otra configuración cultural. El “la cosa sana” de Minguito (que esta serie de tuits da vuelta: https://twitter.com/search?q=cosa%20sana&src=typd) pone en el lugar de la enfermedad aquello que no comprende.

Cuando los lugares comunes se agrietan abren espacios entre las certezas, generan intranquilidad y tensionan la capacidad de reprimir lo subalterno y excluido. El caso más fácil de comprender es el de las identidades sexuales. Allí la incerteza, la falta de un lugar común donde hacerlo cognoscible, pone a aquel que no encaja en el lugar del otro. Y no hay una instancia más política de la cotidianeidad que aquella que delimita esa frontera entre nosotros y los otros.

6. En este marco, no hay un sujeto que sepa mejor qué es la incertidumbre que un joven en edad escolar de las clases populares. Pero lejos de ser sujetos “que no saben”, los jóvenes de las clases populares agrietan este mundo de incertidumbre con una serie de enunciados de los que están completamente seguros, a saber: la policía reprime y tortura, la escuela no está preparada para articular su cultura juvenil a la propuesta educativa (hoy ni siquiera existente), y finalmente, la certeza evidente, gutural y disruptiva de que Macri Gato.

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