“Es imposible comprender a la Dictadura sin mirar sus aspectos políticos”

Fotografía: Paula Canelo, Edhasa. Tratamiento digital: Lucía Molina y Vedia

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Paula Canelo, la autora de “La política secreta de la última dictadura argentina (1976-1983)” (Edhasa, 2016), se propone analizar a la dictadura a partir de su más importante fracaso fundacional: desperonizar a la sociedad y refundar el sistema político argentino con unas Fuerzas Armadas firmes en el centro de la escena. Notas al Pie habló con la autora para ahondar en esta idea de poner a la política por delante a la hora de pensar a los dictadores que nos gobernaron entre 1976 y 1983 y conocer detalles de una meticulosa investigación que comenzó en 1999.

Por Sebastián De Toma (@sebadetoma)

Hay una tesis que de tan repetida casi es vox populi: los objetivos económicos de la última dictadura cívico-militar que hoy llamaríamos “neoliberales” estuvieron siempre por encima de los objetivos políticos. Paula Canelo, en su último libro “La política secreta de la última dictadura argentina (1976-1983)”, publicado por editorial Edhasa a principios de este año, se propone discutir contra esa verdad de Perogrullo. Entrevistada por Notas al Pie, comenta que este 40º aniversario del golpe contra María Estela Martínez no es igual a los 20 o los 30 años, porque -cambio de gobierno mediante- los derechos humanos “se transformaron en una bisagra política para las luchas de la memoria, la paz y la justicia”. “Pensar que son parte del contrato social es peligroso, ya que hay señales claras, por parte del actual gobierno, de que se va a intentar” desandar el camino recorrido, si bien, “por ahora, no pasan de ser señales en general”.

Es en este contexto en que apareció este libro que “fue muy bien recibido” porque –comenta la autora- “en un contexto de aniversario los poros de la sociedad están abiertos”. Canelo, socióloga de la UBA, docente e investigadora del Conicet, y doctora por la Flacso, no es una recién llegada al tema: lo viene trabajando desde 1999, cuando los represores vivían “un momento de victoria” a partir de “los retrocesos que implicaron los indultos”.

“Académicamente –recuerda-, quería discutir con la idea monolítica de la Junta Militar y analizar el Proceso en aquello que fracasó, lo político, y no en lo que triunfó, la economía y los desaparecidos”. Lo que sucede es que estas últimas dos cuestiones, fundamentales y dolorosas, llevan a tender un manto de olvido sobre los objetivos refundacionales que tuvo la dictadura al momento de tomar el poder. Canelo puntualiza, en este sentido, que “entender el Proceso de Reorganización Nacional desde un punto de vista político permite entender la profundidad de la experiencia refundacional, ya que inicialmente se propusieron objetivos muchos más ambiciosos que los finalmente logró concretar”.

El libro gira alrededor de los Planes Políticos y las Actas Secretas de la Junta Militar, que se encontraron en 2013. ¿Cómo fue su camino hacia ellos?

Después de tantos años de trabajar la dictadura, de hacer un trabajo de hormiga, de aunar esfuerzos con otros investigadores y con otra gente interesada y de llevar mis registros y armar bases de datos en forma muy precaria -porque toda la información que había hasta principios de los años 2000 era extremadamente precaria y fragmentaria para los investigadores-. Las actas encontradas en el año 2013 en el Edifico Cóndor de la Fuerza Aérea, de una forma bastante sorpresiva, fue realmente el fondo más importante que encontramos sobre la Dictadura. Estaba completo y en buen estado. El Ministerio de Defensa, bajo la gestión de (Agustín) Rossi, hizo un trabajo increíble con las actas que terminó con su puesta a disposición de cualquiera que quiera consultarlas. Están digitalizadas y cualquiera puede acceder, algo que no es usual en el tratamiento que hace el Estado de los archivos y documentos públicos. Eso debería ser marcado como un ejemplo.

Las actas llegaron a mí, porque me conocían como alguien que venía trabajando la Dictadura hacía largo tiempo, gracias al financiamiento del Conicet. Accedí primero a una selección que tenía más que ver con delitos económicos y con el tema Papel Prensa. Hubo una nota al respecto en Página/12  y a partir de ese momento quedé como casada, enamorada de las actas. Después me metí seriamente a trabajar, las sistematicé, hice todo el procesamiento que hacemos los sociólogos, los historiadores. De punta a punta, haciendo cortes transversales, chequeando con otras fuentes. Realmente, lo que me pareció más fabuloso fue que muchas cosas de las que veníamos diciendo sobre la Dictadura se confirmaban. Eso fue lo más satisfactorio.

¿Qué hechos se confirmaron?

La fragmentación interna en la Junta Militar y los procesos de toma de decisiones, que fueron más burocráticos que políticos. La Junta Militar era el máximo órgano soberano del Proceso y la forma en la cual toma las decisiones no sólo muestra muchos de los conflictos que nosotros habíamos identificado, sino que muestra también el enorme peso que tenía la lógica burocrática en el funcionamiento del máximo órgano militar. Esto también se ve en otros fondos en los que trabajo ahora.

Por ejemplo, el fondo documental de la Comisión de Asesoramiento Legislativo (CAL), órgano de gobierno de la dictadura por donde pasaba todo lo que tenía que ver con la producción de leyes, es un laberinto interminable. Los militares puestos a hacer política se quedan enredados en los formularios, las fórmulas, las palabras, los procedimientos, la necesidad de consensuar y eso tuvo mucho que ver con que no lograran realizar muchos de los objetivos que se habían propuesto. Pero el dato más importante que aparece es la fragmentación extrema del frente Militar. Es realmente problemática en un régimen repartido en un 33% para cada una de las tres Fuerzas Armadas. Y, a pesar de que ellos encontraron algunos recursos de cohesión para mantenerse juntos -el más importante fue el que ellos llamaron la “lucha antisubversiva”- en las actas se ven claramente las huellas de los conflictos. Se ve a Massera pateando el tablero en el momento previo a su retiro de la Comandancia en Jefe, se ven las presiones que ejercían los altos mandos del Ejército de las otras Fuerzas sobre la toma de decisiones de la Junta. La Junta, en un primer momento, fue muy deliberativa, consensuó todo, compatibilizó todo. A partir del año 78, 79, la Junta empieza a cerrarse sobre sí misma y eso le trae otro conjunto de problemas: aislarse en un momento en que la sociedad está activándose y abriéndose no fue lo más adecuado políticamente.

Los partidos políticos no peronistas, más que nada conservadores, los partidos provinciales y gran parte del radicalismo formaron parte, al menos al principio, de los distintos centros de decisión de la Dictadura. ¿Le sorprendió el alto nivel de implicación de los partidos?

Hay muchos trabajos académicos y periodísticos sobre el tema. Desde fines de los años 80 que hay investigadores que mostraron cómo los partidos políticos se vincularon con el Proceso y cómo la situación de la dirigencia política argentina fue bastante particular, en el contexto latinoamericano. Los políticos argentinos, desde mediados de los 70 en adelante, se encontraban con una experiencia de militarismo que ya conocían, estaban acostumbrados a los golpes militares, y a dictaduras que se terminaban retirando y a Fuerzas Armadas que tarde o temprano volvían a sus funciones específicas. Ellos sabían que en algún momento el poder militar se iba a tener que retirar e iba a tener que negociar.  Desde el principio del Proceso, la dirigencia política tradicional, hablemos de la UCR balbinista, de los partidos más conservadores, de las fuerzas provinciales de derecha, todos ellos estuvieron siempre dispuestos a negociar y subordinaron cualquier reclamo que tuviera que ver con la violación a los derechos humanos a la necesidad de negociar y a sus propias expectativas de acceder de nuevo al poder político.

¿Cómo? ¿Qué hicieron?

Usaron la política económica de Martínez de Hoz como el principal eje de crítica al Proceso. Prácticamente no hubo mención al terrorismo de Estado, a los desaparecidos, a la violación de los derechos humanos salvo en la voz de algunos grupos aislados, por ejemplo de Deolindo Bittel y Herminio Iglesias que en ese momento estaban al frente del PJ. Cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos llega al país en 1979 emiten el primer documento partidario que aborda la cuestión de los desaparecidos denunciando algo que ya se sabía con claridad pero que todo el mundo callaba, que era que en la Argentina había habido un proceso de represión inusual, dirigido desde el Estado en el cual habían participado las Fuerzas Armadas y de seguridad como agentes principales. Es un documento sorprendente. Esto derivó a que no invitaran luego a Bittel a las reuniones del “diálogo político” que se hacen con el Ministro del Interior en el año 80. El peronismo estaba dividido y había algunas expresiones más de derecha que sí se acercaron al régimen pero en general la pasó mal durante el Proceso. No fue un período fácil y peor la va a pasar luego de que Alfonsín le gane las elecciones libres por primera vez en un proceso democrático sin proscripciones. El peronismo sufre durante esos años un proceso de profundo desgaste y reconversión.

La cuestión y demanda por los desaparecidos no es algo que acompañe a la descomposición del poder militar, es un tema que aparece mucho después y que se convierte en un frente extremadamente peligroso para la Junta, pero de ninguna manera son esas las demandas las que definen la caída del poder militar. La caída del poder militar está definida por su propia incapacidad para moverse políticamente y aprovechar la gran voluntad de negociación que tenían los políticos.

¿Cómo se ubica respecto a quienes interpretan al Proceso solamente desde la política económica?

Esa mirada economicista desde el punto de vista académico me parece insuficiente para entender la profundidad de la Dictadura. Creo que fue, sí, un discurso muy útil y operativo políticamente para permear al conjunto de la sociedad, porque es sencillo y permite comprender procesos históricos que son complejos de entender, acerca de lo que había sido la Dictadura y su núcleo central. La cuestión económica, sin dudas, fue uno de los núcleos centrales de la propuesta de refundación del Proceso. Creo, sin embargo, que en los años 80 y 90 quedó afuera esta idea de refundación política que tenía el Proceso que, en realidad, era independiente de (y superior a) la cuestión económica. Como muestro en el libro, todas las usinas, civiles y militares, que estaban  formulando propuestas políticas de refundación de la clase dirigente argentina, de reforma de la Constitución, de creación del Movimiento de Opinión Nacional (MON), veían a la política económica como un obstáculo para sus objetivos. No estaban subordinados al poder de Martínez de Hoz.

¿No terminó primando la economía sobre la política económica?

Martínez de Hoz tenía objetivos de mínima. En varios de sus discursos los detallaba, son los que la generalidad de la opinión pública de entonces quería escuchar, después de la desastrosa experiencia de gobierno de Estela Martínez. Martínez de Hoz decía querer frenar la inflación, privatizar empresas públicas, reducir el gasto, desarticular la industria subsidiada, permitir la apertura al mercado de capitales. Todos objetivos de mínima que son los que el liberalismo tradicional y más tecnocrático postulan. Lo mismo que postulan ahora, digamos, o muy parecidos. A pesar de ésto, Martínez de Hoz y su equipo vieron que la implementación de estas políticas era extremadamente compleja de llevar adelante porque las políticas antiestatales iban contra los intereses de su socio principal en el Gobierno: las Fuerzas Armadas, que son parte fundamental del Estado. Si vos querés privatizar empresas del Estado, tenés que meterte con las burocracias militares que, en ese momento, estaban al frente de las empresas del Estado. Si vos querés reducir el gasto público, tenés que meterte con este gigantesco aparato de burócratas dentro del cual las Fuerzas Armadas son una parte fundamental. Era muy contradictorio. La implementación de estos planes tradicionales liberales, recesivos, son inviables desde el punto de vista político, sobre todo cuando tu principal socio está dentro del Estado que vos querés destruir. Eso fue lo que le marcó los límites de la estrategia de Martínez de Hoz

A partir del año 77, Martínez de Hoz parecía estar en una encrucijada: “estos son mis objetivos de mínima pero yo tengo que ver cómo logro mis objetivos de máxima”. Sus objetivos fundamentales eran destruir el modelo de industrialización sustitutiva de importaciones como fuera, transformar de cuajo la estructura económica argentina y disciplinar a los actores sociales y políticos vinculados con ella. A partir del 77 implementa dos grandes políticas que no son políticas liberales ortodoxas sino heterodoxas, donde se alterna lo heterodoxo con lo ortodoxo. La primera es la reforma financiera del 77 y la segunda es la apertura comercial del 78. Estas fueron las dos grandes medidas que le permitieron a Martínez de Hoz refundar el capitalismo argentino. El ministro tuvo una mirada fuertemente política. No se tiró de cabeza a implementar un plan ortodoxo cayera quien cayera, porque sus socios estaban adentro del Estado y, además, estaban colonizando todos los canales de toma de decisiones. No le aprobaban las leyes en la CAL, por lo que buscó otras alternativas: por ejemplo, la ley de Inversiones extranjeras la tuvo que hacer pasar por el Banco Central, donde estaba su amigo Adolfo Diz. Martínez de Hoz fue un ministro político y tuvo un éxito contundente porque después de la dictadura la economía y la sociedad argentina no volvieron a ser nunca las que fueron antes.

Y por eso es que existe la fascinación por la explicación económica pero, para mí, es incomprensible la dictadura sin mirar sus aspectos políticos. Y con políticos me refiero no sólo a lo que tiene que ver con los partidos y las instituciones de la política, sino con esta capacidad que tuvieron muchos de los funcionarios del Proceso para transformar la realidad.

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