Huntington, Eastwood y Trump: una fenomenología conservadora

Tratamiento digital: Sebastián De Toma

Por Matías Passaro (@basileus1986)

Año 1993. Samuel Huntington publica su famoso artículo ¿El choque de civilizaciones? en la revista Foreign Affairs[1] que algunos consideran como una respuesta a Francis Fukuyama y su El fin de la historia y el último hombre. En 1996, el artículo tomará forma de libro y sentará las bases de una teoría en las ciencias políticas que hasta hoy sigue en pie: el verano democrático-liberal a escala global luego de la caída del muro, tal como lo planteaba su par asiático, era una hipótesis errónea. Si la ideología no tenía ya lugar en los nuevos conflictos, era tan solo porque estos se darían de forma cultural, en un mundo dividido en ocho grandes civilizaciones. Las diferencias culturales serían más profundas que las ideológicas, y por ende, los conflictos serían más grandes y múltiples.

En ocasiones, al recomendarme la obra, me aseguraban que era casi la piedra angular de la ideología neoconservadora. Un error común, si uno no vislumbra en la obra la hipótesis principal de Huntington:  el mundo no ha abandonado la tensión de la Guerra Fría, sólo la ha reemplazado por múltiples tensiones. El rol de los Estados Unidos es ser el guardián de los valores y la cultura occidental, que podría extinguirse en los nuevos escenarios bélicos que se avecinan (ya sea por la cultura ortodoxa rusa, por la islámica, o la budista, todas con un aparente odio irracional hacia la libertad occidental). ¿Cómo ser el guardián de un tesoro tan preciado nacido a orillas del Egeo, según reza la historia universal? Encerrándose en sí mismo, sin tomar partido por los conflictos bélicos entre otras naciones (o culturas), y protegiéndose de la inmigración masiva.

En el año 2004, en su libro “¿Quiénes somos? Los desafíos de la identidad nacional Estadounidense” profundiza acerca de este último tópico, poniendo de manifiesto su preocupación por el avance de inmigrantes en los Estados Unidos, capaces de pulverizar la herencia protestante-anglosajona tan característica del norte, reemplazándola por confucianismo, budismo, o lo que es aún peor para cualquier norteamericano blanco, el cristianismo latinoamericano. No obstante, el autor se muestra convencido de una posible integración para los mexico-americanos, si estos hacen lo que se espera de ellos: pensar en inglés. Sólo así, pueden compartir el sueño americano.

Las ideas de Huntington se tomaron a medias desde el año 2000. Una teoría paleoconservadora empleada por un gabinete neoconservador (si bien Bush nunca fue participe activo de la ideología neoconservadora, se vio influido por su gabinete) que sirvió como justificativo para las invasiones de Afganistán e Irak.

El fracaso debió ser estrepitoso si Fukuyama sintió la necesidad de publicar “América en la Encrucijada”, para desligarse de los resultados pantanosos que significó la intervención en Medio Oriente (en donde se apoyaron en sus teorías de una “intervención directa”). Para negar que haya tenido algo de neoconservador el gobierno de George Bush hijo utilizó analogías extrañas, como ponerse a sí mismo en el rol de un Marx del liberalismo, quién esperaba que las condiciones materiales sean aptas para que en cada rincón del mundo se adopte la democracia liberal, y a Bush (o más precisamente, a Irving Kristol[2]) como un Lenin que no supo esperar y acudió a la acción inmediata.

Las águilas “neocons”, aquellas que nacieron al calor de un fallido trotskismo de Irving Kristol y los “think tank” de la Universidad de Chicago, no encontraron la salida a su política expansionista. Huntington murió en el 2008. Quizá pudo entrever, con satisfacción, que su paleoconservadurismo sería en algún momento la salida.

Año 2008. Clint Eastwood tiene una fama que lo precede. Sus inicios en el “spaghetti western”, sobre todo en la llamada “Trilogía del Rubio”, quedaron atrás. Su papel de Harry el Sucio, aquel policía con una predilección al gatillo fácil que hubiese indignado a la Bonaerense de Klodczyk le dio la fama de tipo duro. Pero fueron otras épocas. Ya es un director consagrado, y un confeso republicano que no tiene el menor reparo de hacer notar sus simpatías políticas en las películas. En aquel año estrena “Gran Torino”. Esta obra de Eastwood es bastante singular. Interpreta a Walt Kowalski, un jubilado ex combatiente de la Guerra de Corea que acaba de quedar viudo. Walt es malhumorado, xenófobo, chauvinista, y solitario. La relación con su familia es pésima, empezando por su hijo, a quien no le perdona que maneje una camioneta japonesa. Él, en su garaje, guarda un Gran Torino 1972, símbolo de la “American way of life”, de la industria nacional, y de los valores que, según Eastwood (el personaje es una excusa), están en peligro.

Su vida se reduce a cortar el césped de su casa en los suburbios, y luego tomar un pack de 6 latas de cerveza al lado de su perra, mientras ve el tiempo pasar en un mundo que ya no es el suyo. Aquella época dorada de la que habla Eric Hobsbawm en “Historia del Siglo XX”, aquel estado de bienestar macartista, se perdió. Walt está sumido en la depresión de un mundo cosmopolita y de industria japonesa.

Como si eso fuera poco, su barrio, aquel poblado de pórticos con jardines delanteros, se ve invadido por vecinos inmigrantes asiáticos. Walt los detesta. Para empeorar la situación, el adolescente chino intenta robarle su patriotismo automotriz. Para que no quede impune, Walt lo va a encarrilar: le conseguirá trabajo en la construcción, le hará hablar como un obrero estadounidense, pensar como uno de ellos, y hasta insultar (en los momentos que el “American way of life” considera apropiados). Su modo de vida es erróneo, y él lo solucionará sustituyendo su cultura. Paralelamente, Eastwood tendrá que cuidar al chico y a su hermana de una banda que los acosa. En una escena que se asemeja a una autocrucifixión, Walt da la vida para solucionar el problema. Y luego -en la escena final-, ante la sorpresa de la familia, el difunto deja en su testamento el Gran Torino a su vecino asiático. No lo merece su hijo, quien maneja una camioneta japonesa y trabaja para una empresa extranjera. Lo merece su amigo chino, porque “ya piensa en inglés”. Ha sido aculturado, y es digno de manejar el último resabio de una industria automotriz casi extinta y reemplazada por un monstruo asiático.

Año 2016. Verborrágico, discriminador, xenófobo, misógino, y de pocos modales. No era posible una victoria. El mundo entero lo veía con una simpática lástima, tan sólo esperando la diferencia que su adversaria demócrata, bienversada en el terreno de la política, le iba a sacar en las elecciones.

Pero sucede que el mundo entero no era quien votaba, tan solo los ciudadanos estadounidenses (y los que querían, ya que no tienen la obligación). Los medios se preguntaban cómo pudo Donald J. Trump triunfar, si apenas parecía una caricatura de lo peor de la idiosincrasia estadounidense. Y es que, en pos del sensacionalismo, lo único que solía llegar de este particular personaje era su propuesta sobre inmigrantes y sobre la construcción de un muro en la frontera con México. Pero Trump fue más que eso.

En un país devastado por la crisis del 2008 (la que, según expertos, ha terminado, pero quienes aún viven en la calle podrían dudar de estas afirmaciones), este magnate supo que era hora de sacudir el avispero. Su discurso se orientó en tres direcciones: el más famoso fue contra los inmigrantes; en segundo lugar, contra los medios masivos de comunicación; y en tercer lugar, un discurso anti Wall Street y antiglobalización. Tanto el primero como el segundo, formaron parte de las noticias habituales referidas a Trump. Sin embargo, supo en su tercer discurso leer las necesidades de una base electoral totalmente desesperanzada con la política habitual representada por ese bipartidismo eterno.

Trump no le habló a universitarios, no le habló a los medios, no le habló a los gerentes ni a los banqueros. Supo que quienes debían oírlo estaban en otro lado: en el “Rust Belt” o “Cinturón de Óxido” del noreste, otrora estrella de la industria pesada estadounidense y que, desde la recesión de la década de 1970, nunca más pudo levantarse, al punto en que un tercio de ciudades como Detroit viven en la pobreza. Les habló a aquellos 5 millones de personas que trabajaban en cada una de las 60 mil fábricas que cerraron en los últimos 15 años  a manos de una brutal apertura de importaciones. Le habló al Sur, ese país dentro de un país, compuesto por lo que despectivamente se denomina “rednecks”, trabajadores agrícolas ultracatólicos.

Trump supo que la base de su electorado estaba en esos rincones olvidados. ¿Acaso qué importancia tiene para un desocupado de Michigan que piensa hacer los Estados Unidos en Mossul (Irak)? Bin Laden está muerto (creemos), y la idea de la guerra contra el terror murió con su imagen. Ya no quiere sacrificarse más para pagar bombas que caerán en países cuyo nombre desconoce. Solo quiere el “Américan dream” de su padre.

Y así, con un electorado que se encuentra en los márgenes, Trump diseñó propuestas en contra de Wall Street y la globalización. Proteccionismo duro y puro, para que renazca la industria estadounidense; repatriar empresas en países extranjeros bajo pena de multas millonarias; impuestos a los corredores de bolsas, aquellos a los que ha llamado “parásitos” en más de una ocasión y que tan bien cayó en los oídos del electorado; no tocar las ayudas sociales para los necesitados. Pero por sobre todas las cosas, los Estados Unidos ya no están para gastar dinero en incursiones militares de poca aprobación. El expansionismo que ha costado dinero y vidas,debe cesar, y a ISIS se lo combatirá mediante una alianza con Rusia, aquel país con el que es (en palabras de Trump) “una estupidez” tener malas relaciones.

Es hora que los Estados Unidos se cierre en sí mismo luego que 40 años de neoliberalismo y globalización despedazaran su tejido social, y Trump prometió eso. No, no es un anticapitalista, pero prometió reglas de juego que un sector social (¿nuevamente la “Mayoría Silenciosa” de Richard Nixon?) pedían, o tal vez creían que no volverían a escuchar.

Cercar, proteger, expulsar “agentes nocivos” y cuidar lo propio. Trump, Huntington y Eastwood son eso: paleoconservadores. La promesa de un salto atrás a una mejor época que un salto adelante a un futuro poco prometedor sedujo a un electorado que sólo quiere volver a las raíces de un sueño de sus abuelos. Casi dos décadas de “neocons” encontraron su fin a manos del conductor de un reality show, y Fukuyama horrorizado tan sólo se pregunta en algunos artículos cómo logró un “populista” (gran signo de pregunta) llegar a la Casa Blanca.

La última pregunta que se nos presenta es: ¿cumplirá Trump con sus promesas? No hay mandatario que no deba enfrentarse con ese desafío. No hay ciudadano que no sospeche la respuesta.


[1] Es una revista de relaciones internacionales publicada por el Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos desde 1922.

[2] Es el “padre” de los neocons. Aunque no llegó a ocupar nunca ocupó un cargo gubernamental con Bush, su voz tenía peso. Sí fue asesor de Reagan.

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