A mí no me gusta estar acá, es una mierda

Fotografía: Shutterbug Shootin' / Freepik

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Por Giuliana Fernández (@casandrefer9Sin techo

La esquina de Hipólito Yrigoyen y avenida Callao luce lluviosa, llena de trabajadores que salen de las oficinas, caminan, quieren volver a casa. En el medio hay tirados muchos colchones, y en uno se ubica ellos Miguel Ángel, que es una de las 25 mil personas que se encuentra en situación de calle en la Ciudad de Buenos Aires. No quiere estar ahí, pero se paró todo, no consigue nada. Aunque no pierde la fe.

Se estima que en CABA hay entre unas 400 y 500 mil personas con problemas de vivienda, según advierte un informe de Asociación Civil por la Igualdad y Justicia (ACIJ) y cada vez son más las que se encuentran refugiadas en las veredas de la Capital.  Por otro lado hay 20,2% viviendas vacías y los hogares de tránsito municipales “son más peligrosos que la propia calle”.

Miguel Ángel pasó los 40, cree que hace 10 años que se encuentra refugiado debajo de los techos de los edificios viejos y, entre varios lugares, estuvo en el parador de Retiro pero no quiere volver. “Tenés horarios para entrar, no podes dejar cosas, te contagias enfermedades. Estando en la calle estuve haciendo changas, me tienen en cuenta”, explicó. En Congreso tiene amigos, pero en el colchón duerme solo, prefiere no compartir. Si, para las siestas eternas. Ahí se pueden acostar, solo ahí. Debajo de la cama una mochila, no más. Con todo, todo lo que en 46 años pudo juntar. Una mujer le guarda algunas cosas, pero son pocas, ahí, en la vereda de La Caja Seguros, tampoco las podría tener. Es adicto al mate pero… ¿para qué una pava en las inmediaciones del Congreso? Consigue termo, eso parece más fácil. No así una mirada. Eso sí que es arduo.

En la Ciudad de Buenos Aires el Gobierno tiene a su cargo tres paradores nocturnos que tienen el objetivo de brindar con carácter inmediato y de emergencia, servicio de pernocte durante toda la noche, comida y atención profesional social, psicológica y médica. Dos de ellos son para hombres. Uno está en Retiro, en Gendarmería Nacional al 522 y otro en Beppo Ghezzi, en Masantonio al 2970 (Parque Patricios). El Azucena Villaflor, que se encuentra en Constitución, es sólo para mujeres solas o con hijos que, claro, sean menores de edad. Mayores a otro lado. Parece que con 18 años la cárcel puede ser otro lugar para habitar. En los albergues de tránsito entras a las 17 o 18 horas y máximo 8 te vas ¿A dónde? A la calle.

La Ley 3.706, sancionada en 2010, por la legislatura porteña, regula la situación de las personas que no tienen techo: “Nosotros participamos de la formulación de la norma, que lo que propone es que los dispositivos asistenciales que dispone el gobierno de la Ciudad se puedan amoldar al formato 24 horas, puertas abiertas, cómo funciona el Frida o el Monteagudo”, explicó Florencia Montés Páez, miembro de la asociación No Tan Distintas. Sin embargo la integrante de la organización que tiene a su cargo el hogar Frida, para mujeres solas o con hijos, sostuvo que este y el Monteagudo, otro albergue que pertenece a Proyecto 7, “son los únicos que llevan adelante lo que la ley propone”.

La normativa mencionada se sustenta en el reconocimiento integral de los derechos y garantías consagrados por la Constitución Nacional, tratados Internacionales de igual jerarquía y la Constitución de la Ciudad; también establece que el distrito desarrolla políticas sociales coordinadas para superar las condiciones de pobreza y exclusión mediante recursos presupuestarios, técnicos y humanos así como asistencia a las personas con necesidades básicas insatisfechas y la promoción del acceso a los servicios públicos para los que tienen menores posibilidades. Más adelante la norma considera que la Ciudad promueve el desarrollo humano y económico equilibrado, que evite y compense las desigualdades zonales dentro de su territorio. Y luego prevé el diseño y la implementación de policía, planes y programas de promoción y desarrollo social destinados a la población en situación de vulnerabilidad social, coordinando y creando espacios de consulta y participación de la ciudadanía.

El presupuesto de Buenos Aires es uno de los más altos per cápita de nuestro país. La Ciudad cuenta con capacidad de recaudación propia, y por tanto no depende para su funcionamiento de las transferencias que se realizan desde el presupuesto nacional, indicó el informe de la ACIJ sobre el presupuesto de la Ciudad y los derechos sociales.

Sin embargo tanto Buenos Aires Presente (BAP) como la línea de asistencia 108 que se ocupa de atender a personas y familias en condición de riesgo social, afectadas por situaciones de emergencia o con derechos vulnerados y, en general, a población en situación de calle la asisten, sólo, en situaciones de emergencia. “Tienen una manera diferente de asistir. Nosotros queríamos que se vuelvan a vincular con la sociedad”, enfatizó Mabel, ex empleada del ministerio de Desarrollo Social, en la secretaría de Juventud. Ella es militante de derechos y de justicia. Trabajaba con personas en situación de calle en un programa que se llamaba Las Calles son Nuestras. El primero a nivel nacional. El programa desapareció. “Robledo lo eliminó”, dijo en referencia al subsecretario Nacional de Juventud del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, Pedro Robledo. “De todo el grupo que éramos, la única que sigue trabajando con personas en situación de calle soy yo”, comentó mientras recuerda cuantos “nuevos” aparecieron en las últimas semanas en las veredas porteñas. “La mayoría está en la comuna 1 ¿Si aumentó? Es impresionante como aumentó”, pronunció enojada.

Es que esta difícil para una militante social. Hay miedo, bronca, a veces, solo a veces, desgano. Las puertas se cierran, los silencios abundan y la falta aparece, cada vez más.

En Constitución hay otra Buenos Aires. Casi tan parecida como la de Miguel Ángel, pero ahí se mezcla con Joan Miró, espacios verdes, ojos profundos y grises, muchos grises. En las caras, en los ojos, en las paredes que piden a gritos “Abajo los muros de las prisiones” y en Azucena Villaflor, el paradero reservado para mujeres que también tiene reservada la palabra.

Una guardia de la Federal o de la Metropolitana, su identificación no se llega a ver, con corte carré, colorado desteñido, grande, bastante grande como para intimidar pero con una mirada cansada pregunta: “¿Qué pasa?”. Sin abrir, sin mirar demasiado. Solo moviendo una ventana, pequeña, en la esquina de un inmenso portón. Se va, vuelve, se vuelve a ir pero ya no vuelve. Quién llega es la coordinadora. Más sonriente pero menos amable: “No podemos dar información”, dijo. Hay llantos, dos pibas se asoman, tienen menos de 20 años. La encargada hace señas para que entren. Mejor que nadie vea. Que nada, ni nadie se vea. “Las chicas vienen de situaciones muy vulnerables. No podemos hablar”, argumentó. Parece que “de arriba dicen que no”. Pero las preguntas y las dudas sobre Azucena son para ella. Nuevamente dice no.

 

Más silencios, más invisibilizados

A 20 minutos está la Casa Rosada pero a veces 20 minutos pueden ser eternos y en el medio puede haber miedo, mucho miedo, frío, olores fuertes y penetrantes y sobre todo rebusque, como decía Miguel Ángel: “Si no aguantas, te caes en el pozo y no salís más”.  Esas palabras parecen transformarlas en actos los pibes de abajo del puente. Llueve pero no les importa mojarse. O tal vez sí, pero más les importa estar limpios entonces con ese charco de agua limpia se enjuagan y siguen. Nunca paran. Atrás quedo Azucena Villaflor, el hogar, el edificio o el depósito.

No Tan Distintas es bastante distinta a Azucena. Es una organización civil que surge por necesidad y por deseo de hacer algo con quienes habitan la calle. “Nosotras veníamos de un colectivo anterior que se llamó Perdidos en Retiro, que se formó en 2008, de un grupo de amigos, estudiantes, trabajadores”, sostuvo Montes Páez, una de las coordinadoras de No Tan Distintas. Luego de esto comentó: “A partir de ahí empezamos a visualizar que las mujeres en situación de calle además de estar en situación de calle y de vulnerabilidad estaban atravesadas por un montón de problemáticas vinculadas al género”.

Víctimas de la vulnerabilidad de sus derechos por estar en la calle y víctimas por la violencia de género. En 2011 se formó un espacio por fuera de la calle, en un lugar prestado. No Tan Distintas empezó a funcionar por fuera del merendero. Florencia explicó que el objetivo de la organización es pasar de la calle a la mesa y de ahí empezar a trabajar con dos ideas. El taller semanal con una propuesta dinámica y acompañamientos semanales.

A partir de julio del año pasado están abocadas al hogar Frida, que está vinculado con Proyecto 7, otra organización civil, que también lleva adelante programas con quienes no tienen casa ni dinero para pagar una habitación en hoteles, con quienes trabajan en conjunto. Son madres con hijos, o mujeres solas en situación de calle. “Buscamos trabajar desde el deseo, desde el vínculo afectivo, desde una perspectiva de protección con respecto al consumo”, comentó.

“El Gobierno hace algunas cosas, pero no estamos de acuerdo. Tiene programas para la problemática pero no tiene políticas públicas. No tienen políticas de integración”, señaló Horacio Ávila, presidente de la organización Proyecto 7. Los hogares de tránsito trabajan con un sistema de parador, exclusivo, represivo, con reglas muy estrictas. Mucho control, mucho policía. Las personas a veces elijen no ir.

Horacio coincide con Miguel Àngel. No vivió en esos hogares, pero sabe muy bien de que se trata. Hace varios años que forma parte de Proyecto 7. Hoy la cosa empeoró. “Aumentó la pobreza, aumentaron las familias nuevas que están en la calle, muchas personas que perdieron el laburo, estaban en un hotel y no pueden mantenerlo, no pueden pagar más y se están quedando en la calle”, afirmó. Personas que alquilaban una casa en zonas como Villa Devoto, que no es una zona de clase baja, ahora ya no pueden pagar más el alquiler.

Por otro lado Ávila apunta contra las estadísticas del Gobierno. Es otro Gobierno pero, nuevamente, tiene números que hacen dudar: “El número del año pasado era 876 personas, más 753 pibes que viven en la calle. Los de este año todavía no lo publicaron”, dijo. Por el contrario el número de las organizaciones es alrededor de 25 mil personas, solamente en la Ciudad de Buenos Aires.

Desde la actual gestión no cuentan a quienes están dentro de los dispositivos que tienen propios y convenidos. En segundo lugar no tienen en cuenta a quienes están viviendo en un hotel pero igual siguen estando en situación de calle porque su problema de base no se resolvió. Hay quienes están en los pasillos de las villas, hay mucha gente que vive en los puestos ambulantes. “De ahí el número que tienen”, dice Horacio con un tono cansado.

La cara marcada, ojos profundos, voz entrecortada, pelo un poco canoso y pasión, convicción y dedicación. Ese es Horacio, quién nuevamente apunta contra el Gobierno pero no por no haberlos elegido en ninguna de las últimas tres elecciones que los llevaron al triunfo, sino porque su bandera es “la calle no es un lugar para vivir” y ellos, por el Gobierno, “no tienen políticas de integración”. “Un día a la noche salen a contar personas que están en la calle. Es absolutamente cuantitativo, nunca cualitativo”, dijo.

En el medio de esto, el déficit habitacional. Además de los de la calle, los que alquilan, los de las villas, los de los hoteles, los que no tienen garantías, ni dinero para los depósitos.

 

Del otro lado las construcciones para inversores

Pablo Vitale, coordinador del área de Derecho a la Ciudad de la ACIJ, explicó que en términos generales hay una situación extendida de déficit habitacional ya mencionado. Se calcula que alrededor de entre un cuarto y un sexto de la población tiene situación de déficit en la ciudad de Buenos Aires.  Según Vitale hay por un lado aumento de inquilinos porque  el acceso a la vivienda, que era por compra venta, es cada vez más complejo. Por otro lado se da el crecimiento exponencial de población en villas de emergencia, que hoy está rondando alrededor del 10 por ciento de la población de la Ciudad. De parte del Estado ha habido respuesta muy escasa en materia habitacional o solo hay programas de emergencia, como subsidios. “Crecieron las viviendas y construcciones de alta gama que no son para satisfacer este derecho y terminaron generando más dificultades para quienes quieren acceder al bien”, enfatizó Vitale.

Los segmentos del mercado inmobiliario están siendo cada vez más restrictivos. De esta manera hay una parte de la población que accede a alquileres pero otra que no puede por las restricciones de las garantías o del monto, que los termina llevando a vivir en hoteles o villas. “En las villas también se está mercantilizando el acceso a la vivienda. Tradicionalmente se accedía por ocupación directa, hoy lo que hay es bastante más restricción”, explica el coordinador del área de Derecho a la Ciudad.

El último escalón de quién accedía a la villa, hoy termina en situación de calle. Quedan pocos suelos vacantes, por eso el crecimiento en altura, por eso Miguel Ángel, por eso la crisis habitacional. No hay más espacio.

Luna Miguens, integrante del Área de Derechos Económicos, Sociales y Culturales e Inclusión Social del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) también coincidió con Vitale. Aseguró que la ciudad vive un “proceso de elitización impresionante”. Quién antes podía comprar una casa hoy solo puede alquilarla, quién antes podía alquilarla hoy solo puede hacerlo en el primer cordón del conurbano, quién antes podía alquilar ahí hoy se tiene que ir a una pensión y quién antes estaba en una pensión hoy se va a las villas. Cada vez es más alto el nivel de ingresos que uno necesita para vivir en Capital Federal.

Pero en las villas también hay especulación. Algunos construyen no para vivir, sino para alquilar. Algunos, como Ángel, no pueden acceder ni al mercado informal. “El Gobierno te da 1.800 pesos para el hotel, pero no te alcanza y en la villa no te dan recibo ¿Qué haces con el recibo? Si no llevas recibo no te dan la plata”, comentó Miguel Ángel. El insiste, sin embargo, que va a salir. No le alcanza, la última changa que hizo no se la pagaron. Se fue a Castelar, pinto, lijó pero nada. “Un hotel está 2.600 mangos ¿De dónde lo voy a sacar?”, se preguntó y ahí nomás se enojó, un poco, pero no le gusta mendigar.

“Desde el Gobierno se borran, las camionetas te burlan”, dijo en referencia a los móviles que usan desde la gestión para socorrer en las noches de frío a los habitantes de las veredas porteñas. Igual que el movimiento zapatista, lo único que pide es techo y trabajo. Pero no hay nada, y en los paradores te dan comida cruda, pero “si tocas pito te sacan de la lista”, señaló. “Aguanto, aguanto, ya me va a salir una buena. A mí no me gusta estar acá, es una mierda”, concluyó mientras acomodaba las húmedas frazadas.

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