“Si pudiera caminar, estaría a la cabeza de las marchas del #NiUnaMenos”

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Por Sebastián De Toma (@sebadetoma)

Corrían los últimos días del 2016 cuando decidí subirme al micro y largarme a Rosario. Iba a ser un viaje de ida y vuelta en el día. Fiel a mi costumbre, y a la espera del aguinaldo, fui con poco efectivo y las tarjetas de crédito. Una mochila, la netbook, un cargador extra para el celular y un par de libros. ¿El motivo del viaje? Entrevistar a Angélica Gorodischer.

La entrevista había quedado pautada por teléfono para las 14 horas. Yo a las 10 ya estaba en Rosario, caminando bajo un sol que te la voglio dire. Caminé mucho porque dicen que es bueno para el alma, y para el bolsillo. Comí empanadas en un shopping venido a menos y a las 13 encare para la casa de Angélica Gorodischer. Es un chalecito como cualquiera, en una avenida de barrio, lleno de plantas. Me recibe su marido, “El Goro”, el arquitecto a quien dedica todos sus libros. Me acompaña a la sala de estar, una pequeña habitación llena de adornos que remiten a décadas pasadas. Me ofrece agua y mientras va a buscarla, aparece ella. A sus 88 años (ahora 89), se la ve algo frágil pero vivaz, con un brillo en los ojos que no puedo terminar de describir. El Goro me alcanza el agua, tomó agradecido, y empezamos. Él se va a quedar ahí, para hacerle compañía pero, más que nada, para mirarla embelesado. Como se suele decir: quedate con alguien que te mire como El Goro a la Angélica.

Para las 14.30 ya la entrevista estaba terminada y tuve que hacer mucho tiempo hasta que salió el colectivo de regreso. Pero valió la pena: me saque las ganas de entrevistar a mi escritora favorita.

Gorodischer (Buenos Aires, 1928) es una de las escritoras femeninas de ciencia ficción más importantes de América latina. Empezó escribiendo cuentos en los 60, por la noche, cuando todos en su casa dormían. Tomó el apellido de su esposo para darse a conocer porque su madre también se llamaba Angélica y también fue escritora (bastante mala, por cierto).

Su obra ha sido traducida a varios idiomas y una de las referentes dentro de las ciencia ficción con temáticas de género, Ursula K. Le Guin, tradujo el que es quizás su mejor libro: Kalpa Imperial (1984), un conjunto de cuentos fantásticos dentro de un mismo universo. En la obra de esta rosarina por adopción la forma siempre fue una parte importante, más allá de la trama. Y el feminismo también, aunque en los principios de la década del 80, cuando empezó a aparecer en su escritura, no fuera un asunto muy de moda por estas latitudes.

Espías de mediana edad (Floreros de Alabastro, alfombras de Bokhara, 1985; Jugo de mango, 1988), heroínas del bajo mundo (Fábula de la virgen y el bombero, 1994; Las señoras de la calle Brenner, 2012), protagonistas sin un género definido, gracias a las bellezas de la lengua española (Doquier, 2002) y cuentos con nenas que de inocentes no tienen nada (Las nenas, 2016). Por citar algunos ejemplos, claro. Estas cuestiones, además, aparecen una y otra vez en muchos de sus otros libros de cuentos (el mejor es Menta, 2000; ahí está el último, Coro, 2017; y el de policiales, Cómo triunfar en la vida, 1998).

Pero eso no es todo: antes, y después de todos estos libros, Gorodischer brilló como escritora de ciencia ficción. Empezó con una novela, Opus dos (1966); y luego con cuentos, agrupados en Bajo las jubeas en flor (1973) y Casta luna electrónica (1977); siguió con la saga de Trafalgar Medrano, comerciante intergaláctico amante del café y de la buena vida, propietario de la nave espacial conocida como “el cacharro” (Trafalgar, 1979); y reincidió en Las repúblicas (1991).

Si fuera una entrevista cualquiera, debería arrancar por qué arrancó a escribir, y contar de manera lineal su vida. Pero no tengo ganas de contar eso. Aparte, la web está llena de entrevistas en donde las preguntas se repiten una y otra vez. No estoy diciendo que mis preguntas son muy originales, no. Solo afirmo que le pregunté lo que quería saber de ella, lo que no me terminaba de cerrar y lo que me llamaba la atención. Si quieren conocerla bien a fondo, lo mejor que puede hacer el hipotético lector de estas líneas es conseguir un ejemplar de su autobiográfico Historia de mi madre (2003).

¿Por qué seguís escribiendo?

Es una cosa entre costumbre y entusiasmo, que vienen a ser dos partes de lo que a mi me mueve para seguir viviendo. Es eso.

¿Cuánto tiempo escribís durante el día?

No tengo ninguna disciplina en eso. Escribo todos los días. Trabajo todo el día dependiendo qué. Si tengo algo entre manos es eso. Si no escribo una vez por semana los artículos para Perfil. Para todo ese tipo de cosas necesito una disciplina. Lo otro, bueno, viene, va, viene, va. Por supuesto que uno se sienta a trabajar por que sino no hay nada que te sirva. Noel Coward creo que decía “yo estoy por el profesionalismo. Odio a esos escritores que sólo pueden escribir cuando llueve” (Risas) Bueno hay que ponerse las pilas e ir a laburar. Todo ese asunto de la inspiración no sirve para nada. Entonces, uno labura y a veces salen cosas buenas, a veces regular y a veces malas y después ya uno los revisa y vemos.

Hay algún tema que te haya quedado para escribir, que dijiste “yo hubiera querido escribir sobre esto”.

Hay un montón de temas para los cuales yo no he movido un dedo; pero esos temas no me interesan. Hay otra gente que lo hace muy bien.

¿Por ejemplo?

La gente como (Ricardo) Piglia, como (Liliana) Heker, que son grandes escritores y que yo los respeto muchísimo, a veces encaran temas que a mi no me interesan. Yo digo “yo tendría que escribir sobre esto” y después digo “no, ¡momentito!” yo tengo que escribir sobre a lo que a mi me parezca que tengo que escribir, lo cual no obsta que me parezca que lo que ellos hacen sea absolutamente respetable y admirable. Hay un montón de temas que no me interesan, que no pienso tocar jamás. O, uno nunca sabe, ahora que lo pienso

A Piglia y Heker, ¿los leés a veces? ¿Te causa placer su lectura?

Sí, sí. Yo leo mucho a mis contemporáneos y a los argentinos. Yo creo que Griselda Gambaro es una gran escritora; es de lo mejor que hemos tenido nunca. Desde ella para abajo a todo el mundo. A veces con interés y a veces hay algunas cosas que no me interesan hasta tal punto que puedo decir “esto no, lo dejo”. Lo peor que uno puede hacer es obligarse a leer lo que no le gusta o no condice con los intereses de una, entonces una dice “momentito”. A lo mejor, la semana que viene, puede ser. En general yo leo a mis contemporáneos y mis colegas.

¿Sólo de la Argentina?

No. Yo leo cada cosa que no se puede creer. Es más, mis amigas dicen que estoy loca.

¿Y últimamente?

Últimamente estoy leyendo el libro de un señor que se llama Fritjof Capra que habla de las relaciones entre las ciencias. Es fascinante. Muchas veces estoy leyendo cualquier cosa, por ejemplo, veterinaria, pero creo que puede ser útil. A veces, cuando yo leo esas cosas que no tienen nada que ver con la narrativa, con la historia de la literatura, yo pienso “estoy perdiendo el tiempo” y después me doy cuenta de que no, no estoy perdiendo el tiempo. Y me acuerdo de Aldous Huxley, que fue uno de los amores de mi vida… después lo encontré al Goro y lo dejé

Estaba más cerca.

(Risas) Aldous Huxley decía que el que escribe tiene que leer de todo. No solamente literatura. Y tenía razón el tipo. Menos mal que le doy la razón, ¡debe estar tan tranquilo en su tumba!… pero realmente uno necesita leer cosas de otras disciplinas porque les hace retroceder cada vez más el horizonte. Hay un montón de cosas de astrofísica que yo no entiendo ni por casualidad. Para nada. El cerebro no me da. No entiendo, pero comprendo, que es otra cosa muy distinta: “Pero, claro, ¡qué maravilla!”. Y, si, los leo; leo a los científicos, a los físicos, a los astrónomos… a los químicos no tanto, porque a mi me gusta leer a los que están medio locos y los químicos no están tan locos. Los físicos sí, ¡están totalmente de la nuca! cosa que me parece maravillosa. Sino, no se comprenden ciertas cosas del mundo. Por ejemplo, hay una cosa que se llama el hiperespacio; que no existe. Es un invento de los escritores. El hiperespacio es maravilloso y comodísimo para escribir el viaje hasta Alfa Centauro. Bárbaro.

Porque uno hace lo que quiere.

Claro, es fantástico. Bueno, el hiperespacio no existe pero los físicos lo están estudiando, a ver si alguien lo encuentra, a ver si es cierto, si puede ser posible. No me digas que no es maravilloso.

La retroalimentación al revés es genial.

Es fantástico. Además hay un montón de cosas -que en este momento no me acuerdo ninguna de ellas… esa es la arteriosclerosis, bueno- que salieron primero como una fábula del espacio

A un escritor de ciencia ficción lo metieron en cana en los Estados Unidos porque habló de la bomba atómica, poco tiempo antes de que se la tiraran a Japón.

¡Lo metieron en cana! ¡tenés razón! No sabían un carajo de la vida, pero los tipos se imaginaron eso y era lo que se estaba haciendo ¡Qué cosa maravillosa!

¿Te gusta el mundo de hoy o preferís uno anterior?

Me encanta. Los mundos anteriores también me gustan. Me gusta leer la literatura de los siglos 17, 18 y 19.. Son cosas que me encantan, pero estoy conforme con el mundo de hoy. Con algunas cosas, no. Pero con algunas cosas del siglo 18 tampoco. Nunca el mundo es el paraíso terrenal. Pero hay muchas cosas de este mundo que son muy interesantes y muy simpáticas. Y a mí me gusta vivir en esta época.

En los libros que has escrito cambiás todo el tiempo de género. Pasás de un género a otro. Pero, por lo general, al que le esquivás un poco es al realista, a lo más mundano. ¿Por qué?

Porque el realismo es tan aburrido. ¡Cómo me aburren los realistas! Los realistas, realistas. Porque, por ejemplo, vos me podés decir que Balzac, a quien yo adoro de rodillas, era realista ¡minga! Yo opino que el señor Balzac era una maravilla que no le podés poner el mote de realista o no realista porque era un genio directamente, como es un genio de otra rama el señor Ross MacDonald o alguno de estos que escribe novela negra que a mi no me cuentes. Lo que pasa es que es un mundo totalmente diferente el que escriben… bueno, totalmente no sé. A mi el realismo me rompe los ovarios.

Cuando te sentás a escribir, ¿tenés el final de la historia?

Sí. Yo tengo todo el cuadro listo. A veces no lo respeto. Saber que puedo no respetarlo, me ayuda. Porque si tengo un cuadro rígido, cagamos. En cambio, si tengo un cuadro que puedo no respetar y me doy cuenta que este tipo (el personaje) no puede pegarse un tiro… Y, bueno, no se pega un tiro, que se va a hacer. Ahora, cuando se trata de una novela, primero escribo el resumen de la novela, que también lo puedo traicionar. Yo me doy permiso para traicionar lo que se me ocurre, y eso es muy saludable.

En muchos de los cuentos te remitís al pasado y ponés en el pasado a los personajes. Más que nada cuando son cuentos con mujeres. Aunque no lo digas muchos parecen estar ambientados en los años 30, 40 o  50. ¿Por qué no ambientarlos más en el presente?

Porque probablemente el personaje me está llamando. Me dice “cuidado loca que estoy viviendo en 1922”. Generalmente, el personaje habla. Y hay que oírlo hablar. Eso ya lo dijo nada menos y nada más que el señor Borges. No sé si lo ubica.

Creo que sí. Es una calle en Capital.

(Risas) Borges le dijo una vez a un amigo mío que le estaba haciendo una entrevista y le preguntó por sus personajes y le preguntó sobre el cuento Funes el memorioso y Borges le contestó: “fue un cuento que me llevó mucho trabajo. Pero cuando yo lo oí hablar a Funes ya tuve el cuento”. Y, claro, es algo que yo he pensado sin decirlo en esas palabras. Borges lo dijo mejor que yo, sin ninguna duda. De repente, Borges dijo justo lo que había que decir. Yo no me quiero poner al nivel de Borges pero a mí me ha pasado, de oír un personaje y dejarlo hablar y pensar “no, este tipo no puede ahorcar a su mujer. Este tipo lo que va a hacer es matarla de alguna otra manera”

Una pastillita…

Si, veneno para las ratas! Que sé yo. Pero vos te das cuenta qué va a hacer ese personaje. Como ese personaje mío que tiene cierta gracia, que es Trafalgar Medrano. Cuando hablo con él me dice “che, ¿tenés café? ¡¿cómo que no hay café?!” y ya está el cuento.

Si tuvieras que elegir un libro o un cuento tuyo, ¿cuál sería?

Trafalgar. Trafalgar es un tipo muy tierno, que está cerca de mí. Yo ya veo que tocan el timbre y pienso “¿quién será? Trafalgar ¡Ah, hacelo pasar!”. Comparte mi vida junto al Goro sin ninguna incomodidad.  

¿Y ahora que estás escribiendo?

Salió un libro mío que se llama Las nenas. Lo que pasó con Las nenas es que yo ya tenía otro libro listo que se llama Coro [N.del.E.: fue publicado este año], que es un libro de cuentos. Tiene algo que los une pero es otra cosa. Y entonces se lo mandé a mi editora y le dije que quiero que salga ya porque no lo quiero póstumo. Me dijo de todo, “esperá unos meses”. Así que ese libro está esperando turno en la editorial. Y además tengo otro libro que ya está casi terminado.

¿Se puede adelantar algo?

Son cuentos un poco disparatados. No fantásticos. “Mirá las estupideces que escribe esta mina”, eso es lo que quiero que piensen.

Como lector a uno le da la sensación de que cuando Emecé [la editorial, hoy devenida en sello, que ha publicado la mayoría de sus libros] te agarra algo lo llevás para otro lado.

Sí. Porque otras editoriales me han pedido que escriba algo y como no tengo contrato de exclusividad. Con Emecé, como somos amigos y nos llevamos bien, yo les aviso si escribo para otra editorial y todo bien.

Estábamos hablando de los escritores que estabas leyendo ahora. Mencionaste a Gambaro. ¿Y además de ella?

He estado leyendo nada más que ciencia y la historia de las teorías científicas ¿vos sabés quién inventó el átomo? ¡Demócrito! Cinco siglos antes de Cristo.

Si viene alguien que te pide que le recomiendes menos de cinco libros porque se está por morir en un mes, ¿qué le recomendarías?

Tenés que leer algún libro de Balzac. Tenés que leer alguna de las novelas ejemplares de Cervantes. Tenés que leer a Roberto Arlt.

¿Rituales de lectura?

Me encantan los médicos cuando me hacen esperar porque me llevo el librito conmigo. Antes, en el colectivo. Ahora no puedo tomar transporte público porque mi hijo me mata. En el remis no porque soy amiga de todos los remiseros.

¿Qué opinás de los libros electrónicos?

Yo tengo el e-reader que descargo ¡Y son gratis! Porque si quiero comprar es en dolares y tengo que hacer todo un quilombo para que me lleguen los libros acá. A veces me ha pasado que me he clavado. Por ejemplo, con El jilguero ¡qué plomo! Creo que llegué hasta la página 10 y después lo borré. Había una señora que decía “qué suerte que es tan largo, así voy leyendo de a poquito para el placer….” no, es un plomo insoportable. Pero puedo encontrar La historia del tateti en Polonia en el siglo XVIII y me parece sensacional, vamos a ver qué dice.

El surgimiento de #NiUnaMenos y todo el movimiento feminista, ¿qué te produce?

Yo soy feminista. A mi me parece todo muy bien. Yo no puedo ir porque no puedo caminar bien, pero si hubiera podido caminar bien, hubiera estado a la cabeza de esas marchas. Si vivimos en una sociedad machista. Como dice una amiga mía “en una sociedad falocéntrica”. Es así.

¿Cuándo empezaste a ser feminista?

Cuando todavía no era feminista.

¿Lo provocó algún hecho en particular?

No. Yo he sentido muchas veces el miedo, el rechazo hacia la mujer. Cosas muy tontas pero que uno dice “No, este tipo tiene una parte del cerebro percudida”. Cuando a veces uno les explica te contestan “Tenés razón” y otras veces “no, dejame. Vos porque sos feminista”. Sí, y qué.

Como escritora, ¿el hecho de ser mujer te complicó alguna vez?

No. Yo me he cruzado con editores muy inteligentes y muy buenas personas y realmente muy astutos y pensando en su propio oficio. Gente que cuando leyó mis primeras cosas, que no eran ninguna maravilla, pero supongo que gente como Jorge Sánchez o Daniel Divinsky o como Paco Porrúa habrán pensado “Y, muy buena no es pero a lo mejor, mejora” ¡Y me publicaron!. Yo me lo imagino porque son tipos muy macanudos. Me dieron un espaldarazo. Se portaron muy bien conmigo.

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